El arquero solitario apunta al oro

Miguel Alvariño, en el campo de O Poboado, donde ha preparado los Juegos Olímpicos Qwerty magazine
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Salvo por el graznar lejano de algunos pájaros en los árboles que circundan las instalaciones deportivas, en el escondido campo de tiro habilitado en O Poboado reina un silencio casi sepulcral roto solo por las flechas que salen del arco de Miguel Alvariño. Una, dos, tres... una detrás de otra surcan el aire en interminables series de doce. Entre una docena y la siguiente, el pontés recorre concentrado los ochenta y seis pasos que lo separan de la diana para comprobar que la mayoría, por no decir todas, se han clavado en la zona amarilla, muy cerca del centro geométrico.
Alvariño regresa del parapeto mascullando entre dientes. No está del todo contento. “No siento la espalda”, se queja ante su entrenador, Manuel Buitrón, que acaba de aparecer, estratégicamente, para poder charlar con él durante su descanso matinal de media hora, una de las pocas licencias que se concede en su estricta programación. Intercambian unas palabras, corrige la postura de tiro, las flechas continúan dando en el blanco, pero el pontés sigue preocupado, sabe que la técnica lo es todo en esta disciplina y que son esas sensaciones –que él verbaliza como “sentir la espalda” cuando tira– las que le permiten mecanizar el tiro y con ello garantizar su puntería en momentos de máxima exigencia y presión, como el que le espera a finales de semana en los Juegos Olímpicos de Río.
Decir que ha perdido la cuenta de las flechas que ha lanzado esta temporada es falso porque, lejos de eso, Alvariño lleva una relación más que fiable en un exhaustivo cuaderno de bitácora que recoge el volumen de trabajo, sus progresos y, lo que es más importante, sus sensaciones. Una herramienta más para un deportista atípico que, a pesar de sus éxitos, ha preferido anteponer a los suyos –su familia, sus amigos, su pareja, su entorno, sus estudios...– a las comodidades que su estatus podría ofrecerle en un Centro de Alto Rendimiento. Entrena regularmente en inferioridad de condiciones respecto a otros miembros del equipo nacional y, aun así, sus resultados son habitualmente mejores, lo que lo reafirma en que ha tomado la decisión correcta permaneciendo en As Pontes.

el secreto
Un régimen de trabajo espartano es su secreto y en él se ha volcado en las últimas semanas. Cuida la técnica, cuida su físico –“estoy como un toro”, bromea–. Sin prisas, sin distracciones, solo él y su arco, fiel a las rutinas gracias a las cuales se siente fuerte y que lo han llevado desde su aldea de Pena de Eiriz a los Juegos Olímpicos.
“Si me noto bien puedo ganarle a cualquiera”, es su carta de presentación en una cita concertada a escasos días de partir hacia Río. En la final de la Copa del Mundo del año pasado en México, tras tirar la primera flecha del “round” clasificatorio supo que iba a ganar... y así fue. Ahora, en el Sambódromo de Río confía en que le pase lo mismo. Es cierto que en todo este año no ha logrado reproducir las condiciones de tiro que en 2015 le llevaron a proclamarse campeón de aquel evento, a colgarse el oro individual en los Juegos Europeos de Bakú y a lograr para España la clasificación olímpica, pero si algo ha demostrado Alvariño es una moral de hierro inquebrantable al desaliento.
“Me encuentro bien tirando y psicológicamente, pero sé que en el tiro con arco puede salir cualquier cosa. Si me siento cómodo puedo optar a medalla, pero si no, puede pasar de todo. Pero tengo claro que con las ganas, la ilusión y la motivación de estar en unos Juegos Olímpicos, con la gente que habrá en las gradas, voy a pelear a muerte hasta el final. Tendré que esforzarme el triple para conseguir un tiro bueno, pero no me rendiré”, promete.
Miguel Alvariño no sabe si después de estos Juegos habrá otros para él, por lo que quiere exprimir la experiencia al máximo. Cumplió con su obligada visita al santuario de San Andrés de Teixido, donde acostumbra a pedir la intercesión del santo antes de cada competición; ha cumplimentado los controles sanitarios, ha recibido el homenaje de su pueblo antes de partir y, junto con otros miembros de la delegación española, también participó en la despedida oficial del gobierno estatal, con el presidente en funciones, Mariano Rajoy, al frente; y con la posterior que le brindaron los Reyes en el aeropuerto de Barajas.
Ahora, toca disfrutar y competir, por eso tiene claro que, aunque le reste horas de descanso, ansía participar en el desfile de apertura. Cuando la delegación española entre en el estadio olímpico él ya habrá lanzado sus primeras flechas en el “round” clasificatorio. Ya conocerá su hoja de ruta hacia las medallas y, en su fuero interno, el empecinado Alvariño, sabrá también si el oro es solo una utopía o puede tener visos de realidad.
Desde el sábado campea ya a sus anchas en la Villa Olímpica y no pierde oportunidad de inmortalizar cada etapa de su aventura a través de las redes sociales. La sonrisa que le acompaña en todas las instantáneas dan fe de su entusiasmo. Una euforia que aplacará en las próximas cuatro jornadas para alcanzar el equilibrio que necesita para tirar con confianza. Y, si lo consigue, que se preparen sus rivales, porque lo que lleva entre ceja y ceja es traerse una medalla.

El arquero solitario apunta al oro