En un mundo de maravillas de papel a las que los padres ponen fecha de caducidad

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En el Día del Libro Infantil y Juvenil, en una librería como Moito Conto despachan historias que acaban con perdices estofadas en un momento donde creen que hay un público determinado que ama el libro como objeto de compañía para sus pequeños y un segundo, que prefiere invertir en otros productos. Los primeros fabrican una primera biblioteca de calidad, con una buena selección, “piden recomendacións e buscan en blogs, falan cos profes e intercambian impresións cos familiares e amigos, pois a min este pídemo á noite”, explica Esther, la encargada de la librería. 


En general, dice que hay concienciación y también “cuentoterapia, libros que non son literatura, para abordar temas delicados, desde a morte dos avós ou para que o neno entenda o seu cumpreanos”. Son cuestiones que la librera señala que pueden confundir a los padres porque, en ningún caso, los títulos son un remedio al atasco: “Un conto non é a solución. Poderá identificarse cos personaxes, pero hai quen os compra pensando que son a mediciña”, igual que los que entran buscando en ellos una píldora que les active el sueño: “Hainos con finais máis relaxados, que axudan, pero si hai moito diso”. 


Después están las buenas historias, editadas sin falta de detalle, que se compran cuando tienen dos años y que a los cinco o seis los pueden releer. Son auténticas maravillas de celulosa. Dice Esther que proliferan tantas que les resulta complicado leerlas todas. En Moito Conto también trabajan la parte b, cuando el cuento acaba siendo un teatrillo o un cuentacuentos. Estos son imán para los padres más recientes, los que tienen pequeños hasta los cuatro años porque cuando ya saben leer, dice Esther, se desentienden de inculcarles las letras habladas o leídas, “parece que non fan falta estos estímulos e ao chegar a Primaria con tantas actividades extraescolares, é difícil xa e dinche que son maiores para iso”. Los que triunfan son los eventos para bebés, que les acercan la voz y los tonos. 


En el centro Ágora, también les comentan que pasa el mismo fenómeno. Cada vez asisten con niños de edades más tempranas, pero después “vai unha autora ao colexio e están encantados”. Se pierde el interés de entretenerlos de esta manera. Y les dan un stick de hockey o un balón de fútbol. La cultura queda al fondo de la portería, olvidada. En la coruñesa Hércules de Ediciones, fabrican más álbumes ilustrados y cuentos infantiles y juveniles. En la actualidad, ventilan en el mercado “Cuento de las travesías de las musas”, del portugués Joao Pedro Mésseder e ilustrado por la santiaguesa Raquel Senra. Es la vida del autor, que creció en Oporto en el seno de una familia acomodada e instalada en un barrio pobre, por lo que veía todo desde la ventana. 


Intercalan nombres autóctonos y traducciones de internacionales. Comenta la editora Laura Rodríguez que a la hora de escoger se van a las buenas historias. Entre ellos, “Morriña”, sobre la migración de los abuelos de la autora, Paula Ventimiglia, o “El mundo en que viví”, de Ilse Losa, que es para todos los públicos, pero gusta mucho al juvenil. En el álbum ilustrado, está “Piano a la fuga”, de Juha Virta y Marika Maijala, más sencillo de leer y piensan lanzar su primer libro “objeto” sobre los colores el año que viene. 


Laura confirma que el afán de los padres porque bailen con las letras suele terminar cuando aprender a interpretarlas juntas. También está el tema de la calidad que, a veces, queda muy por debajo de los que ofrecen diversión. Por ejemplo, Hércules explica que “El cordero que es un cerdito” introduce la identificación sexual. Gusta, pero también educa. Y da pie a conversar.


Laura defiende el libro como objeto y habla de la importancia de que el chaval se familiarice con él cuando está más cerca del suelo porque si no tiene un libro entre las manos a esas edades, es más difícil que lo hagan de mayores. Ver a uno de ellos abrir las tapas es simplemente genial.

En un mundo de maravillas de papel a las que los padres ponen fecha de caducidad