De vuelta en casa una niña a la que su padre secuestró y llevó a Nigeria

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Mónica llegó a España desde Nigeria en 2004, con una niña de tres meses y un hombre que escondía terribles planes para ella. El viaje en patera que, como tantos otros, emprendió con la ilusión de buscar una vida mejor terminó en un local de Pontedeume, donde su entonces pareja la forzó a trabajar como prostituta mientras la molía a golpes con cualquier excusa.
Pero pudo escapar de aquella situación. En su ayuda vinieron las monjas de O Mencer y Ángel, un exguardia civil con el que se casó cuando la pequeña R. tenía dos años de edad. Con él formó una familia en Fene que aumentó hace cuatro años con otra niña.
La tranquilidad que se había instaurado en la vida de Mónica empezó a tambalearse el año pasado. El padre de R., que vive en Ferrol pero no se había interesado por la pequeña jamás –relata la mujer– pidió que se le concediese un régimen de visitas. La niña acababa de cumplir ocho años y esa circunstancia enseguida hizo temer a Mónica y a su marido que el objetivo no era ejercer de padre, sino utilizarla para sacar dinero vendiéndola para fines sexuales.
El hombre tiene dos órdenes de alejamiento –una de Mónica y otra de otra mujer– pero esta circunstancia no evitó que el Juzgado le concediese la posibilidad de ver a su hija, recogiéndola en el punto de encuentro familiar A Carón. En marzo de 2012 empezaron a pasar juntos fines de semana. Mónica cuenta que R. no quería ir con él, realmente un desconocido para la pequeña, pero empezó a temer lo peor cuando la niña regresaba contando que su padre le decía que la iba a llevar a África y que la abandonaría allí.
Y llegó el mes de julio de este año. La primera parte de las vacaciones escolares de R. tenía que pasarlas con su padre. Mónica y Ángel cuentan que intentaron por todos los medios que se cambiasen los turnos, mientras tramitaban una tarjeta de residencia para la niña  –todavía de nacionalidad nigeriana– que impidiese a su padre sacarla del país. No lo consiguieron.
Mónica hablaba con su hija por teléfono, pero cuando la niña empezó a decirle que la llamase más tarde porque estaba comiendo o viendo la televisión  empezó a desconfiar. Pensaba que el padre la obligaba a decir esas cosas para impedirles hablar. Hasta que ya no hubo más respuesta a las llamadas de teléfono.
Enferma de nervios y de miedo, Mónica se dirigió al punto de encuentro,  donde se pusieron en contacto con la actual pareja del padre de la niña y esta confirmó sus peores temores: se la había llevado a Nigeria.
Intervino entonces la Policía, tanto la Local de Fene como la sección de extranjería de la Nacional. En una operación que se llevó a cabo con el mayor hermetismo, se tuvo conocimiento de que el padre había regresado a España. Sin la niña. Se procedió a su detención y se le mantuvo incomunicado durante 72 horas para evitar que pudiese hablar con su familia en Nigeria.
Paralelamente, Mónica emprendía la aventura más arriesgada e importante de su vida: volver sola a su país de origen para intentar localizar a su pequeña y traerla de vuelta. Entre los escollos, el económico. Los billetes de avión son caros y había que contar también con una cantidad de dinero importante con que sobornar a algunos funcionarios para tratar de salir del país. Al final, unos siete mil euros que consiguió con la ayuda de sus suegros, a quienes no se cansa de agradecer cómo se han portado con ella.
Dejó a su hija pequeña al cuidado de su marido, que tuvo que quedarse en Fene porque llegar a Nigeria a buscar a la niña acompañada por un blanco sería una locura – “me habrían matado”, dice Ángel– y una vez en Benin, la ciudad donde reside la familia que Mónica todavía tiene en el país, acudió a la casa de un primo que trabaja como policía. Con su ayuda y la colaboración de otros guardaespaldas llegó al lugar donde parientes de su expareja retenían a R. La niña –atemorizada, entre extraños que hablaban en un idioma que no conocía, sucia y muy delgada– se abrazó llorando a su madre mientras le pedía que la salvara. Y para hacerlo, prometió a los captores de la pequeña que solo se la llevaría un momento, que la devolvería. Ellos –seguramente “convencidos” por la presencia de hombres armados– accedieron.
Pero la pesadilla no terminó aquí. Mónica y su hija se vieron obligadas a pasar unos días escondidas entre Benin y Lagos mientras buscaban la fórmula de sacar a R. del país. En Nigeria, la autoridad la tiene el padre y ese era el principal obstáculo para que pudiese regresar con su madre a España. El 3 de septiembre pudieron coger el avión, eso sí, con un visado de turista que obligaría a devolver a la niña a África en el plazo de tres meses.
Pero R. ya tiene la tarjeta de residente y en el plazo de un año contará con la nacionalidad española. Hasta entonces, el principal temor de su madre es que el padre biológico de la niña –que ya está en libertad, aunque con cargos y debe presentarse periódicamente en el Juzgado– pueda volver a por ella. Las órdenes de alejamiento solicitadas para madre e hija paliarán pero no desterrarán el miedo.
Ángel y Mónica están ya en su casa de Fene, mientras las niñas corren y juegan a su alrededor. La vuelta al cole y el carácter de  R. –“es muy infantil”, dicen– ha mitigado en parte el horror que vivió. Pero solo en parte. Su madre cuenta que hace unos días vio a un hombre de raza negra por la calle y se echó a temblar. Pensó que era su padre.
Ahora, Mónica está dispuesta a luchar para que ese hombre al que define como un “mafioso” no pueda volver a ver a su hija. “Si llegamos a tardar un poco más y la niña ya está en Dubái no la vuelvo a ver”, insiste, mientras agradece la ayuda de la Policía para poner fin a una pesadilla cuyas secuelas, seguro, todavía tardarán en desaparecer. n

De vuelta en casa una niña a la que su padre secuestró y llevó a Nigeria