“El problema de las Fuerzas Armadas no soy yo, sino el modelo obsoleto que tienen”

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Con la novela “Un paso al frente” (Tropo Editores) que esta tarde, a las 18.30 horas, se presenta en la Central Librera, el teniente Luis Gonzalo Segura no solo debuta como escritor sino que, tras ser suspendido de empleo, se enfrenta a una petición de condena de seis años de cárcel.

¿Era consciente de lo que podía acarrear el libro?
Ya me han suspendido de funciones, me han imputado un par de faltas graves que probablemente se conviertan en delitos e incluso puedo ir a la cárcel seis años, en el caso más extremo. Es una situación muy complicada, pero creo que había que hacerlo. Es una sensación de impotencia, de injusticia, de rabia tan generalizada que tenía que salir por algún sitio.

Su incorporación al Ejército se produjo cuando las FAS estaban profesionalizadas y usted estudiaba Geografía. ¿Se imaginaba encontrarse situaciones como las que le suceden al protagonista de la novela?
No, para nada. Además, incluso a día de hoy la imagen de las Fuerzas Armadas de cara a la sociedad es buena, todo el mundo piensa que hay unas FAS profesionalizadas, con un funcionamiento muy semejante al de la Policía Nacional, pero lo que uno no se imagina es que haya soldados, y a mí me lo han obligado a hacer, que recojan colillas. Este tipo de situaciones, que quizás no sean muy dramáticas, sí son reveladoras de lo que sucede.

¿Transcurrió mucho tiempo desde que ingresa hasta que comienza a darse cuenta de que lo que ocurre dentro no se corresponde con la imagen moderna de las FAS?
Pasa un tiempo... Hablamos de mediados de la década pasada y el optimismo en general de la sociedad nos hacía no darnos cuenta de muchas cosas que ocurrían a nuestro alrededor. Hablo de forma general porque, al final, el militar no deja de ser un ciudadano más; entonces, igual que la sociedad en general no se percataba por ejemplo del nivel de corrupción existente, a los militares nos pasaba un poco lo mismo. Por otro lado, en la Academia interiorizas tanto que determinadas situaciones son correctas, cuando realmente no lo son, que no las pones en duda, necesitas elementos que te despierten y te hagan pensar que igual esto no está bien. Yo tenía otra edad y hasta que pasa el tiempo no te das cuenta. Creo que con este libro hay gente como yo que ha despertado y dicho que hay cosas que no se pueden hacer.

¿Todo lo que se narra en la novela tiene un anclaje en el mundo real?
Hay dos indicadores muy importante sobre la realidad de esta novela, aunque no deja de ser una ficción. Una son las once páginas que hay al final del libro, en las que se puede ver un esqueleto de lo que se ha narrado antes, es un buen andamiaje  del edificio que se ha construido en la novela; por otro lado, no hay  ningún militar que se asombre de ningún hecho. Y ya son miles los que han leído la novela. Es obvio que tiene un sustrato de realidad muy importante.

¿Cuál es la gota que colma el vaso y le lleva a escribir la novela?
Es una acumulación de hechos, pero hay uno culminante que, sin ser el más dantesco de todos, es ir a la justicia militar. Hasta que uno no acude a ella se imagina que es totalmente imparcial, implacable, incluso más dura que la ordinaria... Pero cuando voy a ella para solicitar una auditoría porque no se sabe muy bien qué está pasando con el dinero y ofrezco un disco duro con pruebas, uno no espera que ese disco duro no se lo pida nadie y se cierre el caso. Y cuando recurrimos y volvemos a ofrecer la prueba, sigan sin pedírnoslo. La certeza de que la justicia militar no funciona ha sido determinante.

¿Qué espera ahora?
El Ministerio de Defensa en alguna entrevista se ha permitido el lujo de hacerme unas recomendaciones. Yo le voy a hacer la mía: su problema no soy yo, sino el modelo obsoleto de FAS y la urgencia de reformarlas. Es muy triste que a una persona por escribir un libro pueda ser condenada a seis años de cárcel. Es una atrocidad teniendo en cuenta que nos encontramos en Europa y en el siglo XXI. En otro tiempo u otro lugar geográfico pudiera ser, pero a estas alturas es un indicador claro de la necesidad de reformar las FAS.

¿En sus compañeros ha encontrado más apoyo que rechazo?
En general, la mayoría de los suboficiales y de la tropa apoya, creo que sin fisuras, el libro. De la misma manera, los oficiales no lo hacen, lo calumnian, dicen que lo hago porque finalizo el contrato –algo que es falso, pues aún me quedan nueve años–. La realidad es que tenemos 1.050 coroneles para 50 regimientos, con lo cual sobran 1.000 coroneles. Tenemos más tenientes coroneles que tenientes, con lo cual sobran de los primeros. Tenemos más de 250 generales para 130.000 militares, cuando los chinos tienen 190 generales para 2,3 millones de militares.  Tenemos un problema muy grande en la estructura de nuestras FAS.

¿No se están dando pasos con la Ley de la Carrera Militar, el Observatorio de la vida militar, el Consejo de Personal, etc.?
El problema es que es totalmente insuficiente; estamos hablando de legalizar asociaciones cuando tendríamos que hablar de sindicatos; hablamos de un militar al que le pueden caer seis años por escribir un libro cuando tendríamos que hablar de libertad de expresión...

“El problema de las Fuerzas Armadas no soy yo, sino el modelo obsoleto que tienen”