Noche de desventura de un dragón de mazapán

Diario de Ferrol-2014-03-08-011-9e0c118a
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El hecho es que a finales de los años cincuenta mi abuelo regentaba, en el número 24 de la por entonces bien empedrada calle Galiano, un modesto hotel. En el enlosado suelo del portal podía leerse “El España. De Antonio Girgado”. Allí llegó cierto día un huésped, un ingeniero naval mexicano encargado de revisar la construcción de un buque que su país, (cuna del inolvidable Jorge Negrete que a la sazón hacía estragos entre el pacato pero desmelenado gremio femenino de la capital de España) había encargado a la ya por entonces pujante factoría de Astano.
Lo cierto es que la cosa iba para largo y el ingeniero hizo venir a Ferrol a su esposa e hijos, quedando así la familia reunida en el hotel.
Llegadas las Navidades, don Francisco, el ingeniero, que había hecho muy buenas migas con mi abuela doña Juana, encargó para su familia y la nuestra uno de aquellos dragones de maz pán (tamaño familia numerosa) que se enroscaban en coloridas cajas de cartón y a los que no faltaban
adornos de todo tipo que certificaban el realismo del dulce animal; dulce (y seguramente llegado de tierras toledanas) pese a la aterradora imaginería que lo muestra secularmente con boca llameante y robador de
Ya en la noche navideña, culminada la copiosa cena, llegó el turno de los postres y, servidos los turrones y otros manjares ordenados por la tradición, don Francisco pidió a mi abuela que le pasase la bien escondida caja del dragón para el reparto de la anhelada presa. Mas, levantada la tapa, apareció, en lugar del dragón rampante, un bicho e mirriado y doliente al que le faltaban ojos, fauces, más de una pata y alguna otra zona menor de su primitiva anatomía. Al asombro siguió el sofoco y a este la vergüenza de mi incrédula abuela, al tiempo que su huésped mexicano, que sabía lo que eran los hijos y los tiempos que corrían en España por aquellos años, se reía a mandíbula batiente.
Ya sentada, mi abuela lanzaba aviesas miradas a sus hijas, sabedora de que una u otra, o todas en común eran las responsables del patético desnudo integral del mutilado dragón.
Y lo eran, sobre todo una de ellas a la que yo quería con toda mi alma infantil porque mimaba y acompañaba aquella mi atribulada edad no exenta de aflicciones y llantinas. Los dulces eran su perdición.
Yo llevo su nombre de pila, impuesto en un conflict vo bautizo en el que ella mostró su carácter contra su hermano, mi padrino, y se salió con la suya: yo tenía que ser Luis, y además Luis María, porque ella era María Luisa y sanseacabó. Pero esa es otra historia que acaso algún día les contaré.

Noche de desventura de un dragón de mazapán