Cien días de un verano bañado en sorpresas

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Ferrol en Común y PSOE accedieron al gobierno de la ciudad el 13 de junio, con el apoyo del BNG, después de unos resultados electorales que sorprendieron a casi todos (por buenos y por menos buenos, que en los comicios nadie pierde) y unas semanas de negociaciones en las que no faltaron crisis que hacían peligrar el acuerdo. Las elevadas expectativas en torno a las “mareas” se enfrentaban a partir de entonces a la aplicación práctica del programa, a una maquinaria burocrática que funciona engrasada al margen de quien mande, a unos presupuestos que no eran los suyos, a las leyes supramunicipales e incluso a los aparentemente inquebrantables usos y costumbres locales. Y también a la inexperiencia de un gobierno de once concejales en los que solo Beatriz Sestayo y Suso Basterrechea se habían sentado con anterioridad en el salón de plenos. Cien días después, y al margen de los balances partidarios en los que cada cual hace una lectura según su perspectiva política, el tema que ha acaparado estos tres meses de mandato ha sido el ciclo del agua, desde su abastecimiento hasta el saneamiento y con Emafesa en el punto de mira.
 Era difícil imaginar que las remunicipalizaciones tan anunciadas en campaña electoral pero sobre las que se extendió la máxima prudencia en cuanto se tocó poder, iban a estar en la agenda tan pronto y con tanta intensidad. Y no solo por las decisiones a adoptar respecto a los contratos de la recogida de basura y del alumbrado (uno en proceso de licitación y el otro con las plicas ya abiertas) sino por la crisis que se desató en la mañana del 16 de julio, cuando se prohibió el consumo de agua en toda la ría de Ferrol. Los trihalometanos tenían la culpa, un compuesto que se forma en el proceso de cloración que había dado valores por encima de lo permitido por la normativa. Cuánto tiempo ocultó Emafesa esta información, qué comunicaciones tuvo con la Xunta en los días previos y cuándo se enteró el Concello de lo que pasaba (siempre han sostenido que la parte privada de Emafesa se lo ocultó y que tuvieron conocimiento con la llamada de la delegada de Sanidade para dictaminar el cierre al consumo, el propio 16) forman parte de un relato aun incompleto de aquel fin de semana de canícula. Siguió la avalancha de compras de garrafas en los supermercados, un rifirrafe político de alto voltaje y el levantamiento de la restricción tres días después (cuatro en Ferrol).  Fue un bautismo de fuego. Las consecuencias aun colean y esta misma semana todavía se discutía sobre la “crisis del agua” en el Parlamento de Galicia.
Pero todavía quedaba una sorpresa más. El agua que corre por las casas y se vierte a la red de alcantarillado en viaje hacia la estación depuradora de Prioriño llega allí, pasa un primer filtro de sólidos y se lanza, tal cual, a la ría. El gobierno lo descubrió en una visita sorpresa al lugar a finales de agosto y el 28 lo dio a conocer, informe de los técnicos en mano y con profusión de material gráfico. La tasa de saneamiento que tanta polvareda había levantado se estaba cobrando por una depuración que no estaba completa (y para que se haga hace falta que entre más caudal pero también una fuerte inversión para reparar las instalaciones). La aplicación de esa tasa se suspendió en el pleno extraordinario del jueves previo paso para su derogación. El proceso de remunicipalización del servicio se quiere acelerar en base a lo que se consideran incumplimientos por parte de la parte privada de Emafesa, Urbaser, a la que se acusa, como poco, de deslealtad.
Y en ese pleno volvió a quedar claro que el mandato va a requerir temple. Los votos del gobierno son once pero la mayoría del pleno la constituyen trece. Hacen falta los dos ediles del BNG (y su portavoz, Iván Rivas, ya dejó clara en la propia investidura que su papel era de oposición y que su apoyo no lo regala, y para muestra, el modificativo de crédito que se vino abajo con sus dos votos y con los del PP). También servirá el apoyo de Ana Rodríguez, de Ciudadanos, si el BNG se abstiene, o incluso los también once ediles del PP, con los cuales se acaba de aprobar el Plan Especial de Ferrol Vello, un documento del anterior gobierno local que para la entonces oposición era malo pero que ahora PSOE y FeC respaldan a regañadientes con la justificación de desatascar la situación del barrio. Para regocijo de la oposición popular, que ya había advertido de que gobernar implica vérselas con presupuestos limitados, con quejas, con trabas legales y con la toma de decisiones amargas.
Y estos cien días que avanzan lo que puede venir (o no, porque en diciembre habrá elecciones generales y en un año las autonómicas y los equilibrios quizá varíen) también han sido los de la apertura. El alcalde, Jorge Suárez, recibe directamente a los ciudadanos que lo solicitan en su despacho para escuchar sus inquietudes; y el movimiento asociativo en los distintos ámbitos ha ido pasando revista a los concejales. Se han caído las limitaciones de acceso a los plenos y las restricciones de tiempo para intervenir y para presentar mociones. Se anuncia una mayor transparencia en la acción local, se emprenden nuevos proyectos en materia social y se prometen unos presupuestos para 2016 que marquen diferencias. Por delante queda lograr convertir el invierno en el “verano invencible” que, citando a Camus, deseaba Suárez para Ferrol en su discurso de investidura. n

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