El planeta vuelve a ser rojo

alberto entrerríos alzó al cielo de un abarrotado palau sant jordi el trofeo que acredita a la selección española como la mejor del mundo por segunda vez en su historia efe
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 Una colosal España se coronó por segunda vez campeona del mundo, al arrollar sin compasión a una Dinamarca irreconocible durante un encuentro en el que en ningún momento tuvo opción de discutir el triunfo a los anfitriones, que suceden así a Francia en el historial.

Era el primer Mundial que España organizaba, los de Valero Rivera sabían que no podían fallar si querían sumar un segundo oro, tras el de Túnez en 2005.

De aquella selección sólo quedan Albert Rocas y Alberto Entrerríos, que disputaba su último partido como internacional. El lateral gijonés acaba en el equipo ideal del torneo, junto a Julen Aguinagalde. Y con otro oro en el bolsillo.

Una nueva generación se abre camino y eligió el mejor escenario para presentarse a los ojos del mundo. El Palau Sant Jordi de Barcelona, mítico recinto de los Juegos Olímpicos del 92, repleto con 14.000 almas, presenció un paseo triunfal casi vergonzante por momentos. La ‘bestia negra’ de los españoles se quedó en mascota. Apenas una sombra de aquel equipo que llegaba invicto a la final con un balonmano temible. La aristocracia estelar doblegó la rodilla ante el balonmano del pueblo, el espíritu colectivo de los chicos de Valero Rivera, ante el grito al aire de Jorge Maqueda y el poder de Joan Cañellas.

De la Dinamarca que había vencido a los ‘Hispanos’ en los dos enfrentamientos anteriores, en el Europeo y en los Juegos Olímpicos de Londres, nada se supo. España sucede a Francia en lo alto del podio mundial y el parquet acabó convirtiéndose en unos gloriosos Campos Elíseos.

 

declaración de intenciones

Ya el arranque del encuentro había sido toda una declaración de intenciones. Antonio García fue la sorpresa en el equipo inicial español y, precisamente él, inauguró un marcador que España ya comandaba por tres tantos en el primer parcial.

Tres minutos tardó Dinamarca en lanzar su primer disparo y casi cinco en abrir su cuenta. Los nórdicos se encasquillaron en el entramado defensivo planteado por el técnico español, liderado por un hiperactivo y rocoso Viran Morros, y apenas consiguieron plantar cara durante un cuarto de hora.

Ese fue el tiempo que los nórdicos sacaron a relucir un conato de su maquinaria de balonmano hasta ayer perfecta. Fueron diez minutos en los que los pupilos de Ulrik Wilbek, con buena circulación unida al lanzamiento exterior, consiguieron reducir la brecha (6-5, m.11).

Pero el muro defensivo rojo empezó a provocar cortocircuitos continuos en su rival. Hasta el intermedio, Dinamarca apenas anotó un gol por parcial, mientras cada pérdida de balón generaba un contragolpe letal. Los extremos Eggert y Lindberg no hallaban el camino que tantas veces habían recorrido, totalmente anulados. Y cuando tenían hueco, la larguísima sombra de Arpad Sterbik les frenaba en en seco o ‘desviaba’ sus lanzamientos a fuera del campo.

Mikkel Hansen pedía calma a sus compañeros, pero la razón escandinava ya no respondía y sus propios fantasmas empezaron a crecer: segunda final mundialista consecutiva que se les escapaba entre los dedos. Cada ataque era un mundo, mientras los españoles anotaban con suma facilidad.

Valero Rivera Folch y Joan Cañellas –seis y siete goles al final del partido– colocaban la máxima diferencia hasta el momento con varios contraataques (12-8). Maqueda enloquecía, y el Sant Jordi con él. Si el 18-10 del descanso ya fue una diferencia inesperada, más lo acabó siendo un segundo tiempo en el que los daneses ya simplemente se habían esfumado del 40x20.

 

el muro sterbik

Al gol de Mollgaard tras el intermedio le siguieron casi 10 minutos de sequía y apenas seis tantos en veinte minutos.

Fue media hora de jolgorio español, que llegó a estar 19 tantos arriba, con Sterbik convertido en un muro que hizo parecer a los cracks daneses una panda de aficionados. Hasta cinco mano a mano en seis metros ganó el meta en la segunda mitad, mientras sus compañeros anotaban con una facilidad pasmosa.

Valero Rivera le mandó al banquillo para que recibiera una merecidísma ovación y, de paso, premiar a un José Manuel Sierra que también completó un enorme torneo. La guinda a un Mundial dorado para el anfitrión, mientras Dinamarca acumula ya tres finales perdidas.

 

El planeta vuelve a ser rojo