se convirtieron

Y ya pasó un año

A marchas forzadas tuvimos que aprender a trabajar y a realizar gestiones de toda índole desde unos hogares que se convirtieron en escuelas y oficinas.De repente, salir a la calle se convirtió en un extraño privilegio reservado para un puñado de trabajadores que casi preferían resguardarse en sus hogares por el miedo a caer enfermos o a la inseguridad que reinaba en las calles desiertas.Los sanitarios desplegaron todos sus conocimientos e hicieron acopio de un valor inédito para afrontar con entereza el colapso de unos hospitales con muertos por los pasillos, una buena parte de enfermos intubados y otros tantos que, más solos que la una, veían en ellos a sus ángeles salvadores.Los españoles observábamos cómo el mundo entero se encerraba en unas casas que, para unos se convirtieron en fortalezas y para otros en celdas de castigo; porque más allá de la peste que nos acechaba fuera, los problemas familiares que una buena parte de la población sufría en sus hogares, se vieron acrecentados por el exceso de trato.Un sector de nuestra sociedad- principalmente el vinculado a la hostelería, el turismo y los eventos de toda índole-, se vio obligado a cerrar forzosamente por la prohibición de reunión.