Torra, enemigo vocacional

La facción independentista catalana, sumisa a la autoridad

La facción independentista catalana, sumisa a la autoridad del fugado Puigdemont, ha decidido hacerse más facciosa si cabe, y para ello ha entregado la presidencia del gobierno regional a un “hooligan” de la causa, a Quim Torra, un señor que, según nos han señalado los que matan el tiempo en la modalidad de leerse los “tuits” de la gente, desprecia a la mitad de la población cuyos intereses debe administrar.
Esto de los mandatarios que desprecian u odian a una parte o al todo de la ciudadanía no es nuevo, sino corriente, cual nos enseña la historia de las sevicias inferidas por el poder a las personas, si bien en éste caso se usa la justificación, la coartada, del daño curativo, esto es, de la necesidad del odio a la mitad para sanar y hacer feliz a la otra mitad. Sobre semejante y aterrador disparate, que ya empleó el sátrapa Franco para lograr su sanguinaria victoria de una España sobre otra, se edifica el discurso de éste nuevo líder vicario del secesionismo catalán que el comediante Puigdemont se ha sacado de la manga para que reciba por él las bofetadas.
Pero si algo ofende particularmente del señor Torra, conspicuo miembro de la derecha catalana profunda, es su insistencia en mancillar el nombre de República, atreviéndose incluso a aludir con falsaria simpatía a la II República Española, a la que sus predecesores se hincharon a traicionar después de haber recibido de ella el reconocimiento pleno de su libertad y sus instituciones seculares. Algo más instruido que Puigdemont, Torra ignora sin embargo, o se esfuerza en ignorar, que República equivale a Democracia, y que ésta determina también la inviolabilidad del patrimonio del pueblo, en éste caso la porción del territorio de los españoles, de todos los españoles, que él y los suyos pretenden enajenar o sustraer.
Lo que no sabe el señor Torra, o se esfuerza en no saber, es que cuando se pretende ser el enemigo de la mitad, se es el enemigo de todos, pues todas las mitades que él o su señorito Puigdemont quieran inventarse están vinculadas, soldadas, cosidas entre sí, y que no cabe sino la concordia, el respeto a la ley y la fraternidad para disfrutar del progreso y de la alegría de vivir.