• Martes, 13 de Noviembre de 2018

Lo máximo que se puede tener

mientras en Hollywood no parece sino que todo el mundo abusaba de todo el mundo,

mientras en Hollywood no parece sino que todo el mundo abusaba de todo el mundo, y aquí el Ministerio de Defensa llama, por fin, a capítulo a cinco de los militares firmantes dwel manifiesto franquista, por hallarse aún vinculados al Ejército en la reserva, y se marea la perdiz del cómo y cuándo alejar los restos del sátrapa de los de sus víctimas, y menudean los casos de niños ahogados en piscinas mientras sus padres, distraídos, se embrutecen con los móviles, y Quim Torra torrea, y los turistas ebrios vuelven a arrojarse al vacío desde los balcones de sus hoteles, y se pide el nutrido estadillo de los bienes inmatriculados, escamoteados, por la Iglesia, mientras sucede todo eso, tan propio de un mundo absurdo que los periodistas nos afanamos en descifrar, y en alimentar en ocasiones, el bueno de Vicente Verdú se muere, dejándonos más inermes y desamparados ante la realidad.
Excelentes y sentidos obituarios se han escrito ya en memoria del compañero, de modo que únicamente le cabe a uno invitar a que se lean tantos sus libros, como sus artículos y sus poemas, testimonio de la enorme pérdida que supone el deceso del colega ilicitano. 
Juntos, y en compañía de otros, escribimos un libro coral, “Nuevos amores, nuevas familias”, que trataba de preguntarse e indagar sobre las mudanzas de la vida de relación, pero desde mucho antes de eso uno admiraba a Vicente Verdú porque poseía, y compartía y repartía, lo máximo que puede tener un escritor: un estilo. Un estilo propio. Lo máximo que puede tener un escritor y cualquier ser humano.
Todo está ya dicho, escrito, pensado, sugerido, afirmado y negado, de modo que la única nueva aportación al arte o a la vida sólo puede venir de una mirada nueva, irrepetible, específica, singular, y la de Verdú era novísima. Su estilo literario, que algunos pudimos remedar inconscientemente alguna vez, bien que en vano, dotaba a todo lo ya dicho, escrito y pensado no solo de una novedosa apariencia, sino de un sentido radicalmente nuevo. 
Esa virtud, ese don, era oro puro para una sociedad desconcertada que, lamentablemente, le leyó poco o no lo suficiente, pero ese oro nos lo ha dejado como herencia a repartir entre quienes le seguiremos leyendo.
Queda Hollywood, Franco, los franquistas, los niños ahogados en piscinas, Quim Torra, las inmatriculaciones y los turistas dementes, y se ha ido Vicente Verdú.