miércoles 28/10/20

La vacuna

No tanto como una vacuna, pero casi, se necesitaría en las actuales circunstancias un poco de ilusión. Antes, esperanza de despertar cuanto antes de esta pesadilla que convierte la vida en una cosa que se parece muy poco a la vida, y luego sí, ilusión para reconstruir y reconstruirnos cuando despertemos de ella.

Por desgracia, el cónclave representativo de la ciudadanía, el Congreso de los Diputados, no parece estar por la labor de proporcionarnos ni una cosa ni la otra, y sí, en cambio, la tradicional ración de esterilidad y desamparo que nos suministran sus sesiones de control.
En la de este miércoles, en la sesión de control de este miércoles, sí parecía, sin embargo, que la atmósfera no iba a ser tan lúgubre y tabernaria como suele, pues una calima de esperanza, y su correspondiente ilusión, flotaba en los momentos previos al habitual rifirafe: la glosa en sede parlamentaria de la inminencia de un remedio contra el coronavirus, la vacuna AstraZeneca de la Universidad de Oxford que los españoles íbamos a tener a nuestra disposición en diciembre.

Sólo eso, nada menos que eso, era más reconfortante que acordar por unanimidad la validación de los Presupuestos o que Vox pillara de súbito una afonía y dejara por un tiempo de profanar el ágora de la democracia con sus mamarrachadas, pero la infame realidad vino pronto a disipar esa dulce niebla que decía antes: AstraZeneca había interrumpido los ensayos de esa vacuna que nos iba a devolver la ilusión.

Ni hay Presupuestos, ni afonía, ni dique en perspectiva para el virus, ni atención en los ambulatorios, ni seguridad en las escuelas ni en las residencias de ancianos, ni vacuna. La habrá, pero la ilusión, hoy por hoy, se ha ido a la mierda. Una terrible “enfermedad inexplicable” ha derribado a uno de los voluntarios que se sometían a las pruebas de Oxford en esa Fase 3 que nos sonaba a gloria bendita. No es raro que estas cosas pasen durante los ensayos de las vacunas, pero que pase en esta que ya nos veíamos inoculando a los sanitarios, a los grandes enfermos y a los mayores, es devastador. Esta de Oxford era la nuestra, tres millones iniciales de dosis andaban ya, como si dijéramos, en camino, pero habrá que explicarse esa enfermedad “inexplicable” para reanudar la marcha. Hay otra, la rusa, la china, pero pese a que al parecer son también vacunas, dan más yuyu, de entrada, que otra cosa. No queda más alternativa, entonces, que volver a recoger la ilusión del suelo.  

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