Domingo 26.05.2019

El caso Valtonyc

Una cosa es que algo tenga delito, y otra que sea un delito. Las letras de la criatura que atiende al nombre de Valtonyc tienen, como la propia criatura, delito, pues son estúpidas.

Una cosa es que algo tenga delito, y otra que sea un delito. Las letras de la criatura que atiende al nombre de Valtonyc tienen, como la propia criatura, delito, pues son estúpidas, zafias y rupestres, pero que esas retahílas de necedades le hagan acreedor a tres años y medio de cárcel, que es a lo que se le condenó aquí y por lo que huyó a la salvífica Bélgica, es absurdo, tan absurdo que con ello se ha logrado que se unan en cópula promiscua y fatal tres absurdos: Valtonyc, la sentencia que le condenó y la propia Bélgica.
No solo las víctimas del terrorismo a las que el rapero ultraja en sus pueriles salmodias, sino cualquier persona medianamente cuerda, y más si añade a esa elemental cordura un talante progresista, de izquierda, liberal o republicano, tiene que horrorizarse con Valtonyc, ese chico que, en uso de la libertad de expresión que él dice defender, diré que me parece que es un poco falto. Merecería, por usurpar el título de “artista”, por desempolvar un tipo de provocación caduca y reaccionaria, y por reputarse epígono de la que vino a conocerse como “canción protesta” que dio autores de gran calidad vocal, musical, literaria y humana, merecería por todo ello tostarse en el infierno de los gárrulos y de los farsantes, pero los tribunales de Justicia carecen de competencia para dictar penas de estadía en semejante Averno.
Si a Bélgica, a su extravagante Justicia, Puigdemont le parece la cosa más natural del mundo, no es raro que se lo parezca también Valtonyc. Con esos antecedentes de enmendar la plana a los tribunales de los países con los que supuestamente comparte los fundamentos de la Ley y del Derecho, ciscándose en las órdenes internacionales de detención que le llegan, a nadie puede extrañar su rechazo a la entrega del rapero ese, pero el hecho de que para justificarlo diga que en Bélgica sus infames proclamas no constituyen un delito no empece para que reparemos en que efectivamente no lo es, aunque lo tiene, y nos propongamos dejar de hacer el ridículo con el ninguneo internacional a nuestros tribunales.
Estos, nuestros tribunales, o el Congreso que se dedica al electoralismo en vez de a mejorar las leyes, deben saber que no se le pueden meter tres años de cárcel a un memo por hacer lo único que sabe, el memo.

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