Luis García Montero o la desdicha de Cervantes

Vengo yo un tonto de cuota, lector de todas mis cosas por flagelación ideológica

Tengo yo un tonto de cuota, lector de todas mis cosas por flagelación ideológica, que adorna su simpleza de pato mareado con el frecuente desahogo, físico y químico, descortés y arbitrario, al que suele llamar sinceridad, y así confiesa tan pronto como puede que no sabe, no entiende, lo que escribo. Y porque es lo que se gana, mira por dónde, que de enterarse ya no sería lo mismo, y acaso empezara a tomar vaga metamorfosis de lo que ahora persigue en su nirvana de pacotilla y confusión, es precisamente por eso que hoy  deseo preavisarle por lo que sigue en comentario y para que no se acalore más de lo que el tórrido verano aconseja, que me mueve a mí a una cierta ternura el sofoco de los necios. 
Vive, desde hace días, Luís García Montero, ese vate retro, la “experiencia” de dirigir el Instituto Cervantes, más o menos desde la atalaya de su poema premonitorio “Las confesiones de Don Quijote”, cuya conclusión “como la rebeldía de la gente que se atreve a vivir fuera de las haciendas encantadas”, ya apunta maneras sobre su particular idealización del hidalgo cervantino. Y porque alguno de sus libros tiene trazas de misal con iconografía de portada con niño pobre y galdosiano, tocado de visera, muy de emoción obrerista, y en su interior, nada menos, claro, poesías pretendidas del autor, pues que ya tenemos servido el breviario intenso del buen comunista en versos de tercera, con rimas graves, severas y vindicativas, puro sentimentalismo de claveles rojos con su corolario de revolución. Cada cual, verdad, con su vicio, claro, que otros verán en todo esto la apoteosis suprema de la poesía y el paradigma vital del hombre y el poeta.  Ahora bien, asimismo será de ver si otros delirios o excesos podrían, acaso, no resultar tan complacientes con el imaginario ideal de García Montero, muy sobre todo ahora, metido en lances mayores de gestionar el prestigio y la pujanza de la lengua española en todo el universo mundo. ¡Qué papelón, chaval!. 
Enredado, de una parte, en su pugna terca y difícil para elucidar cuándo procede, o no, o qué más da, el uso de “a ver” o “haber”,  cual si se tratase de colegial franquista sometido a la exigencia pedagógica de la ortografía, esa antigualla, fue no hace tanto que se nos había salido, el hombre, no sé si también el poeta, con un “Todos somos Julia”, que le habría quedado requetebonito de no ser porque enseguida se te helaba el corazón cuando te enterabas  de quién era Julia, Ana Julia, asesina tremenda de Gabriel, niño de corta edad, a su cargo en tareas maternales. Con todo, no se lo pierdan, ante la evidencia de ser mujer, inmigrante y negra, halehop, más difícil todavía, el verdadero culpable del asesinato, el inductor, el perverso, el que movió las manos y la mente de Julia, de Ana Julia, hacia la perturbación y la consumación de un delito tan execrable, no fue sino el capitalismo feroz e insaciable. Por eso, proclamó el poeta que “todos somos Julia”, en un rapto de humanidad, la suya, claro, que acabó por contagiar en su piñata de premios, como es evidente, al actual presidente del gobierno, otro sentimental. 
“Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”. Es en la “Aventura de los rebaños” que alecciona Don Quijote a Sancho con estas luminosas palabras de Cervantes, que naturalmente desconoce, o desprecia, Carmen Calvo, otra que tal baila, vocera en la toma de posesión de García Montero, al proclamar que “nada como la cultura de igualdad”, cuyo axioma debe interpretarse, a lo que creo, como “la cultura de igual da”, y va de largo fiada a crédito de ministra, con su vaya por Dios y todo…
Qué desdicha, Cervantes, con García Montero de telonero de la cosa, esa lengua de trapo. Claro que “ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas”, y el decoro será restituido, y la virtud esencial de las palabras, y su recta intención, y su alegría… Y la poesía entera, redimida. 
 Y hasta el tonto converso, bueno, eso ya no será tan fácil, que además el guiñol necesita su claque. 
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