Teatro de caras, caretas y carotas. Un lenguaje nuevo

El lenguaje refleja fielmente los particulares modos de sentir y pensar del ser humano. El español capta la esencia de la realidad no por las obras, sino por medio del lenguaje en la representación teatral de los actores políticos.

El lenguaje refleja fielmente los particulares modos de sentir y pensar del ser humano. El español capta la esencia de la realidad no por las obras, sino por medio del lenguaje en la representación teatral de los actores políticos. No tenemos memoria, y por ello, no vemos que las tácticas se repiten sistémicamente en nuestra historia. Los guionistas, de nuestro relato histórico, son unos vagos que se repiten y plagian miméticamente. Es fácil adivinar el desenlace, casi desde el primer acto, de lo que nos cuentan los actores en este teatro actual de caras, caretas y carotas políticas.
En este año de Cervantes, en el cuarto centenario de su muerte, deberíamos recordar para salir de nuestro frenético estado actual, alguna de las virtudes de personajes tan españoles como don Quijote y Sancho: particularmente su capacidad de convivencia entre hombres tan distintos. La verdadera armonía que media entre estos dos perfiles humanos, manifiesta la profunda confianza de ambos en el hombre. Ese lenguaje del castellano viejo, podría resultar útil, como un lenguaje nuevo, para nuestros actores en el carnaval de caras, caretas y carotas políticas.
La obra lleva clara e inequívoca la noción del semejante en el centro de su espíritu, y crea un ambiente de confianza y reconocimiento entre hombres diferentes. Es constatable que España posee, casi integro, el tesoro virginal dejado atrás en la crisis del racionalismo europeo. El Quijote es un personaje que busca la realización de su ser enfrentándose con los obstáculos exteriores, todo un héroe de los mitos primitivos. Casi miméticamente igual, a nuestras realidades de las Mareas y de Podemos, ante los molinos de viento actuales.
Ya no es hora de un lenguaje de la inocente fe de los héroes antiguos, que se mezclaban con los dioses griegos, en una especie de cosmovisión sagrada, donde todo era posible. En cambio, en don Quijote se representa un mundo con una cosmovisión humanizada, es decir, un espacio habitado por personajes que tienen clara conciencia de sí mismos, y de la realidad de su entorno como Ciudadanos.
En don Quijote, las aventuras y desventuras que se desarrollan en este mundo, ya no pueden ir acompañadas, únicamente, de lenguajes con la inocente fe de los héroes antiguos, sus perfiles pertenecen a hombres modernos y héroes de a diario. Hemos de advertir que un loco es un inocente, un ser inspirado en el que se abre a ratos la verdad, aunque no sepa dar las soluciones adecuadas en sus desvaríos.
Es llegado el tiempo de olvidar el lenguaje mitológico de azules salva-patrias, de banderas rojas de otras guerras y de odios bipartidistas. Hoy no es tiempo del lenguaje de la novelería, del parapeto, del desvarío y de la locura. Es la hora de la sensatez, es la hora de los líderes sensatos, es la hora de la inteligencia y la virtud frente a la corrupción de iluminados. Estamos ante la hora de los ciudadanos libres e iguales (hasta donde se pueda). Actualmente, ambos aspectos muy mejorables.
El drama de la historia de España, esa historia de los ininteligibles, la rebelión de la vida contra la razón debe dejar paso a un nuevo lenguaje y estilo: “una monarquía renovada para un tiempo nuevo…”.