De vuelta de Bruselas

En mi acostumbrado viaje de primavera visité Bruselas, aprovechando para hacer desde la capital belga sendas escapadas a Gante y Brujas. Me agradan en especial los viajes a los paises del Arco Atlántico; me considero más ciudadano atlántico que mediterráneo; me identifico más con Cantabria, Bretaña o Irlanda que con Cataluña, Grecia o Italia.
Bruselas, con su millón de habitantes frente a los casi 500 millones de ciudadanos de los 25 paises de la Unión Europea, es la principal sede administrativa de la Comunidad Europea desde el año 1958 y de la OTAN desde el año 1966, siendo una ciudad de un cuidado patrimonio artístico y cultural, donde conviven dos nacionalidades y tres idiomas con las naturales dificultades.
La continua presencia de diferentes nacionales destinados  en las instituciones europeas y la existencia de una importante corriente turística del resto de Europa, África, Asia y América convierte a Bruselas en una ciudad cosmopolita de intensa animación y vida callejera, donde numerosos viajeros visitan sus museos, iglesias y monumentos de interés.
En Bruselas se vive en la calle, la oferta de cafeterías, bares y restaurantes es inagotable, siendo continua la gente que desayuna, come y cena fuera de su casa. Desde las patatas fritas, las salchichas y los mejillones (nada que ver con los de las rías gallegas) hasta los gofres, helados y bombones, acompañados de cerveza, vino y café, es variado el abanico de colores, olores y sabores de su gastronomía. Esta amplia oferta callejera se complementa con una abundante serie de antiguos mercados reconvertidos en templos gastronómicos.
Es interesante comprobar como persiste la huella de la peregrinación a Santiago en territorio belga. Se mantiene en Flandes la antigua tradición de liberar un preso al año, con la condición de recorrer a pie el Camino de Santiago, en la mayoría de las ciudades belgas se levantan iglesias en recuerdo del apóstol Santiago y en lugares céntricos de Bruselas se puede ver la concha de vieira como símbolo del camino jacobeo. El remate fue observar al más visitado de los monumentos de Bruselas, la escultura del Manneken Pis, vestida de peregrino jacobeo.
En mi viaje incluso soñé que estaba en aquella Europa ideal de Robert Schumann, Salvador de Madariaga y Jean Monet, tan distinta de la despreciable Comunidad Económica Europea actual, la del infame Tribunal de Estrasburgo, la que bendice las estafas de los bancos y cajas de ahorros, la que aplica estúpidas tasas a nuestros astilleros, esa Europa que tanto daño hace a los gallegos con las licencias pesqueras o la comercialización de la leche; en fin, esa Unión Europea que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias, en vez de hacerlo al revés.
Vuelvo de una ciudad dotada de una abundante escultura pública, de todas las épocas y de todos los estilos, donde aparecen desde el cruzado Godofredo de Bouillón hasta Tintín y el Gran Pitufo.
Sin embargo, a ras de suelo, no me tropecé con ninguna estatua del compañero Canalejas, como me pasó a mi llegada a Ferrol.  
Vuelvo de una ciudad de cuidadas construcciones góticas, renacentistas y barrocas, con una especial presencia de edificios de los siglos XVIII y XIX, dotados de singulares y llamativos hastiales de remate y de adornadas mansardas.
Además de los abundantes museos de la ciudad, desde los de arte flamenco hasta los de personajes del “cómic”, también el Modernismo dejó una huella especial en Bruselas, que de la mano del arquitecto Víctor Horta se convirtió en un referente de la Ruta Modernista Europea, a la altura de Glasgow, Nancy, Viena y Barcelona.
A la llegada a Ferrol me encuentro con que el alcalde de la ciudad ha tenido la deferencia de remitirme algunos ejemplares de mi publicación sobre el modernismo y Rodolfo Ucha, lo que de alguna manera  me resarce del agravio y represalia hacia mi persona por parte de ciertos políticos y funcionarios de esta ciudad.

 

De vuelta de Bruselas

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