Sábado 23.03.2019

Perversión democrática

El asalto real y la real destrucción de la democracia no la producen los dictadores. Ellos, es cierto, la pueden derogar en lo formal, pero no abolirla en el espíritu de los hombres y es, por tanto, esa trágica interrupción un mero tránsito hacia un nuevo resurgir. 

Sin embargo, cuando se la utiliza para forzar dentro de ella la realidad social, sin salirse en la apariencia de los cauces de sus valores, sí se le está produciendo un daño irreparable porque en ese caso la imposición es en lo formal democrática, y cómo no, lo es también su consolidación, razón por la que se torna de inmediato ocioso exigirla y aún más, desearla: no cabe mayor perversión. 

Esa y no otra es la tesitura en que se encuentra la democracia española en la que los partidos nacionalistas buscan derrotarla en lo esencial sin salir de ella en lo formal, mediante la estrategia de quebrar su espíritu en lo más sagrado de su ser laico: el respeto por la voluntad mayoritaria de los demás conciudadanos a los que se les fuerzan, en el nombre de ella, a vivir conforme a su ideario totalitario, tanto en lo indéntitario como en lo ideológico; bajo la amenaza, sino ceden, de señalarlos como enemigos de las libertades y derechos democráticos, los mismo que ellos zahieren.

Ceder o contemporizar frente ellos no es un acto de tolerancia ni tampoco de progreso, sino un crimen contra lo singular del hombre y el espíritu solidario de la masa, esencia de toda democracia.

Perversión democrática
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