domingo 15.12.2019

Mi vida en plano

Me declaro, de entrada, fan de los tenis, zapatillas, bambas... como quieran llamarles. ¿Por qué? Pues porque son cómodos. 

La suerte es que ahora se llevan con casi todo, hasta con traje y pareces “trendy” aunque lo que seas realmente es una loca de la comodidad. 

Y pensando en estas tontunas recordaba cuando yo iba todas las santas noches de fiesta en tacones. Todas. 

Vamos a ver, que en mis tiempos mozos se hacía botellón en el cenicero –plaza de Las Angustias para los nostálgicos– y aquello eran todo adoquines. 

Además, como estamos en una esquinera del noroeste de España, pues nos comemos todas las borrascas. 

La cosa es bien simple: si sumamos piedrecitas, lluvia y tacones... pues a mí las cuentas no me salen. 

Bueno, salir me salen. Me sale un diente menos y un chichón más. Que yo además nací patosa. Pero lo importante de todo esto es que hay que ver qué ridículos somos en tantas ocasiones.

A mí me gusta arreglarme, pero a mi edad si un día no me apetece pintarme el ojo, embutirme en un vestido o subirme a unos tacones, pues no lo hago y punto. Y si toca salir de fiesta de raperita, como dicen mis amigas, se sale de raperita. ¡Y al que no le guste que no mire, sinceramente! 

Pero claro, echando la vista diez años atrás, a ver quién era el guapo que me metía a mí en la cabeza que el postureo es lo de menos, que para qué te vas a morir de frío saliendo siempre en vestido y, sobre todo, que qué necesidad de correr riesgos encima de unos andamios del mary paz. 

Si es que ya noto que estoy madurando... la treintena, que no perdona. Aunque luego voy y no te ajunto porque el finde pasado no me prestaste el rimmel en aquel pub. Sí, sí, madurar. Eso. ¡Ja!

Mi vida en plano
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