• Domingo, 23 de Septiembre de 2018

Dalí, genio y figura

Menuda me ha caído. No me quiero hacer yo la especial con esto,

Menuda me ha caído. No me quiero hacer yo la especial con esto, pero es que está de moda lo que es un referente de mi infancia. Parece ser que cada persona que se mete ahora en Bellas Artes lo hace porque ha alucinado con La Noche Estrellada -larga vida a Van Gohg, por supuesto- o porque es trending tópic analizar la relación que hay entre los elefantes patilargos de Dalí con que tu abuela muriese a la misma hora, sumando seis, coincidiendo con el día del nacimiento de Alaska y restando dos lunas a cuando tú te sacaste el bachillerato. Un lío vaya. Y poco menos que ahora tengo yo que justificarme por el hecho de que, cuando tenía siete años, en mi casa en vez de jugar al twister se hablase de arte. Arte como un todo: literatura, pintura y lo que cayese. Así andaba yo como loca, declamando por el pasillo a Quevedo. Cada uno con sus filias, ¿vale? Pero volvamos al tema cuadros que me está tocando más seriamente la moral. Por supuesto que Dalí es mi pintor favorito, pero no porque ahora se lleve eso de ser intensa, ni porque haya predilección por el surrealismo en este momento. ¿Os créeis en serio que esa corriente es sólo peinarse el bigote hacia arriba? Menudos posturas que sois. El día en que lloréis con cada marco, el día en que cada línea perfile vuestras entrañas y cada color tinte los poros de vuestra piel, hablamos. 
Porque él es más que un reloj (y un brindis) al sol. Iconicidad mercantil para vuestra plasticidad barata, mero objeto deforme al que os asís en una cultura remendada. Él es mucho más. Es el pez que devora al gran tigre, el rostro esférico de Gala-tea, guitarra hueca, el mar en abrazo custodiado por los ojos, que nunca podremos ver, de una muchacha en la ventana, esa última cena íntima y confesa, el retrato burlón del genio riéndose de todo y todos, el Cristo de un San Juan, que como él, entrega la cabeza.
Nunca lo entenderéis si no vivís ese febril existir en el que habita la pena disfrazada de locura y la desesperación de amor se cubre con una pose desdeñosa, vana, altiva. Hasta entonces, hasta que pidáis perdón, algunos daremos gracias por habernos dejado un mundo mejor. Porque como decía la Torroja hace tiempo: “los genios no deben morir”. Salve. Sálvanos. Salvador.