Lunes 19.11.2018

La educación sin rumbo

Los estudiantes vuelven a las aulas escalonadamente. Un curso más sin Pacto de Estado por la educación y con Gobiernos que quieren controlar el sector e ideologizarlo.

Los estudiantes vuelven a las aulas escalonadamente. Un curso más sin Pacto de Estado por la educación y con Gobiernos que quieren controlar el sector e ideologizarlo. Ni la izquierda ni la derecha han querido nunca un acuerdo que saque la educación de la confrontación partidista. Y cada vez que llega la izquierda al poder, vuelve la tentación de poner frenos, barreras o, simplemente, querer hacer que desaparezca la escuela concertada. Seguramente sin recordar dos cosas: fueron los socialistas los que implantaron los conciertos allá por los primeros 80 y sin la escuela concertada ninguna ley socialista -LODE, LOGSE, etc.- se hubiera consolidado. Y ello a pesar de que muchas de esas leyes, con cosas positivas, por supuesto, han rebajado curso a curso, el nivel educativo de exigencia y han creado un sistema que no funciona.
La educación va por un lado y la realidad por otro. Pese a la revolución digital, la escuela -y no digamos la Universidad- siguen formando a profesores y alumnos no ya como si estuviéramos en el siglo XX, sino en el XIX. Y no es un problema, como quieren hacernos ver, solo de dinero. Es un problema de concepto, de mediocridad. Es cierto que en los últimos años del Gobierno del PP se ha producido un importante descenso de la tasa de fracaso escolar, pero es absolutamente insuficiente. Cuando un alumno entra en la escuela y, sobre todo, en la Universidad, sabe que está aprendiendo algo que ya está pasado de moda y que sus profesores -algunos excelentes, pero la mayoría formados como en el siglo XIX y sin reciclaje- están fuera de juego porque carecen de la formación adecuada, no cuentan con la autoridad que debería ser inherente al puesto fundamental que desempeñan, no tienen reconocimiento social ni respaldo de las autoridades educativas. El profesor, que debía ser un elemento de excelencia, está mal formado, mal pagado y engullido por un sistema nada flexible.
La tecnología va a cambiar la educación, pero todavía no nos damos cuenta de que tenemos que formar personas con inquietudes, con valores, capaces de adaptarse a un mundo que cambia con una velocidad rabiosa. La gran mayoría de los niños y niñas que hoy se están formando en las aulas trabajarán en profesiones que ni siquiera existen hoy. ¿Qué les vamos a enseñar? Decía hace poco Gerard Piqué que “a los jóvenes les cuesta seguir los eventos largos. Es mejor reducirlos”. Y eso es un indicativo que nos debía interpelar. ¿Hay que adaptarse a ese cambio -clases más breves, mensajes cortos, películas y series de 50 o 60 minutos como máximo, nada de libros, videos de efecto rápido- o hay que aprovechar la tecnología para hacer más fácil la reflexión, el pensamiento creativo, la imaginación? No es solo en la educación, pero es que la educación es el principio de todo y los que nos marca para toda la vida. Debería ser uno de los objetivos prioritarios de todo Gobierno. Pero un objetivo a consensuar, con unos planes de estudio rigurosos y que duren, con los mejores profesores y sin meter la ideología en las aulas. Solo el conocimiento, las capacidades, el pensamiento crítico, la reflexión, la innovación. Una enseñanza para dar una base intelectual y formar ciudadanos.  

La educación sin rumbo
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