lunes 26/10/20

El tablero del Cáucaso

a sangre vuelve a teñir de rojo Nagorno Karabaj, un conflicto que aunque comenzó en los convulsos años de la perestroika viene de lejos.
Este servidor hace unos años visitó Armenia y no deja de sentir cierta tristeza, por ser los armenios uno de los pueblos más amistosos y solidarios que ha conocido. Valores difíciles de encontrar en estos tiempos.
Oficialmente Nagorno Karabaj pertenece a Azerbaiyán desde 1921. El enredo lo empezó el llamado Comité Caucásico Bolchevique, reunido en Tiflis el 4 de julio de ese año, que resolvió primero encuadrarlo dentro de Armenia y 24 horas después entregárselo a Azerbaiyán. 
Al parecer aquel inesperado cambio fue debido a la presión de Stalin, en ese momento a cargo de las nacionalidades, y de Narimanov, presidente de Azerbaiyán por aquel entonces. La historia cuenta que fueron unas negociaciones polémicas, extrañas, puesto que de la noche a la mañana el susodicho comité invalidó todo lo acordado el día anterior.
Así fue como este enclave se “incorporó” a Azerbaiyán hasta que la mayoría armenia de su población decidió deshacer un entuerto que duraba 67 años, declarando la independencia en 1988.
Hoy el presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, apoyado por su amigo turco, Recep Tayyip Erdogan, que sueña con restablecer el Imperio Otomano, exige el retorno del territorio, amenazando con un gran conflicto en la región si no se cumplen sus deseos. Pero tanto Ereván como el gobierno de facto de Nagorno Karabaj, invocando el derecho de autodeterminación de los pueblos, creen que debe ser devuelto a Armenia, su patria histórica, o en su defecto convertirse en un estado independiente. 
Como los habitantes del enclave son armenios y no azerbaiyanos, desde el punto de vista étnico, cultural y religioso –los armenios son cristianos y los azeríes musulmanes– sienten que aquello es suyo. Pero, además, está su voluntad: la de no querer vivir bajo la yugo de Bakú; no olvidan la terrible persecución y la masacre de Sumgayit que sufrieron hace 32 años. 
Los armenios son un pueblo muy antiguo y a lo largo de la historia perdieron la mayor parte de su territorio por ser el Cáucaso un paso estratégico de otros imperios. Su gran oportunidad para recuperar algo de lo perdido fue bajo el tratado de Sevres al finalizar la I Guerra Mundial. Acuerdo que obligaba a Turquía, heredera legal del desintegrado Imperio Otomano, a devolverles la ciudad de Kars y las regiones de Nakhichevan y Zangezur. Pero los turcos no lo cumplieron.
Los “kemalistas” al ver la debilitad militar de los bolcheviques, éstos ya controlaban Armenia por esas fechas, y la poca voluntad que tenían para defender los territorios, aprovecharon la oportunidad para anexarlos por la fuerza a la nueva Turquía. 
Pero volvamos al presente. El conflicto está siendo agravado porque en él están interviniendo varios actores con intereses muy diversos, entre ellos están los turcos, por lo tanto, el Cáucaso corre el riesgo de incendiarse. Bien es cierto que algo así a quien más perjudicaría, además de Armenia, sería a la propia Rusia. Puesto que desde la época de los zares esa región es de gran valor estratégico para ella, quizá por ello Moscú no quiere ir en contra de Azerbaiyán ni de Armenia; aunque sus relaciones con el presidente azerí no están en su mejor momento por causa de Armenia.
Por otro lado, los armenios creen que solo Rusia podrá defenderlos de tanto enemigo que merodea sus fronteras, siendo esa la razón por la cual Ereván tiene firmado un tratado de defensa mutua con Moscú y un grupo de guardias rusos custodian su frontera sur. A pesar de ello, el Kremlin mantiene una relación de “cordial desconfianza” con su actual presidente, Nikol Pashinián.
Es cierto que ese acuerdo militar no protege el enclave en disputa. Aun así hay armenios que no entienden que Moscú no haya enviado tropas para proteger a los 140.000 armenios que viven en él. Ni entienden que tolere las intervenciones desafiantes de Erdogan en el Cáucaso. Se dice que la razón es geopolítica. Eso me hizo recordar a un amigo que siempre dice que los caminos de la geopolítica son tan inescrutables como los del Señor. Y debe ser cierto. 

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