sábado 19.10.2019

Pocas luces

a gente tiende a pensar que cuando hablamos de empresas estratégicas nos estamos refiriendo a aquellas relacionadas con la esfera militar, pero lo cierto es que hay otro tipo de empresas, como las eléctricas y las encargadas de la gestión de los recursos hídricos, entre otras, que deberían ser consideradas necesariamente estratégicas. Por lo tanto, a cualquier país que se precie y se respete a sí mismo nunca se le ocurriría prescindir de ellas, privatizándolas o vendiéndolas a capitales extranjeros.
Existen varias razones de peso para no hacerlo, pero la más importante es que esas empresas son una suerte de seguro para poder sobrevivir mejor en el caso de que alguna crisis internacional asome en el horizonte. Y por descontado, son un bien económico para la nación y una garantía laboral para miles de familias.
Conviene recordar aquí que cuando empezaron las privatizaciones de las empresas públicas, todas ellas pertenecientes o vinculadas al antiguo INI, el relato oficial era que había que hacerlo para que nos aceptaran en la Unión Europea. Es posible. Se sospecha que detrás de toda esa política de presiones estaba la mano de la gran industria alemana.
El caso es que la venta de los activos públicos de este país empezó con el “socialista” Felipe González, el niño mimado de los gobernantes alemanes de la época, y se consolidó con José M. Aznar. 
En todo caso, el verso para justificar las ventas siempre era el mismo. Es decir, o bien que Europa, ¡siempre Europa!,  lo exigía o bien que la empresa no podía competir con las multinacionales del sector. Tal fue el caso de Inespal,  vendida a la americana Alcoa o Endesa, vendida a la italiana Enel.
Lo único que cabe pensar en este asunto es que nos tomaron el pelo a todos porque, curiosamente, resulta que los países que exigieron al gobierno español vender las eléctricas nunca lo hicieron con las suyas, o cuando menos sus respectivos estados siguieron controlándolas. Ahí tenemos los casos de la francesa EDPE, la alemana EON y la italiana ENEL.
Vender empresas estratégicas es algo muy serio, pero hacerlo a capitales extranjeros lo es todavía más. Desgraciadamente, los intereses de las empresas foráneas no parecen coincidir con los nuestros y a la larga, como dueños que son, van a hacer de su capa un sayo por mucho que nos cueste entenderlo. Lamentarse ahora no sirve de mucho. Aunque también es cierto que nunca hay que dejar de hacer ruido ni abandonarse al derrotismo del “tarde piache” que utilizamos los gallegos para cuando las cosas no tienen remedio. Porque las cosas sí pueden tener remedio; evidentemente por las bravas y con mucho coraje o copiando de otros que poseen las ideas más claras.
Cuando uno conoce que ya en 2012 el gobierno italiano blindó sus empresas estratégicas contra la inversión extranjera y más recientemente Corbyn, el líder de los laboristas británicos, propuso nacionalizar las empresas estratégicas del Reino Unido,  la duda que surge es si los políticos españoles estaban de verdad defendiendo los intereses nacionales. Teniendo en cuenta que defensa, energía, transportes y comunicaciones pertenecen al sector estratégico  y que empresas como Endesa, Iberia o Telefónica, por mencionar algunas, ya dejaron de ser públicas por obra y gracia del político de turno, a día de hoy a nuestros dirigentes ya solo les queda por vender la honra y la virtud de los españoles.
Somos muchos los que pensamos que las empresas estratégicas de un país deberían estar en manos del Estado e incluso hay quien opina que la venta de este tipo de empresas debería estar prohibida por ley. Lo que resulta evidente es que no por ser públicas entran en contradicción  con las leyes del capitalismo y de la iniciativa privada, como quieren hacernos creer los liberales. Y si no que se lo pregunten a los franceses, alemanes o italianos.
En el mejor de los casos los responsables de estas maniobras mercantiles demostraron no tener un ápice de pensamiento estratégico. Algo que se echa de menos en este país, un país de políticos de tres al cuarto, que actuaron como si la herencia recibida les pesara un mundo y no hubiera que guardar nada para mañana.

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