Pasó por Madrid el presidente de Ucrania. Y nos dijo –lo de siempre– que los rusos son los culpables de todos los males que afectan a su país.

Pasó por Madrid el presidente de Ucrania. Y nos dijo –lo de siempre– que los rusos son los culpables de todos los males que afectan a su país.
Lo que no habló fue de la corrupción masiva; del secuestro de periodistas; de la falta de libertad de expresión; de algunos crímenes nunca aclarados; del terror de los grupos neonazis; de la catastrófica situación económica. De eso ni una palabra.
Objetivamente, lo que ocurre en ese bello país es triste y a la vez dramático. Lo hemos dicho en otras ocasiones, nunca tan pocos hicieron tanto daño a una nación. Por la sencilla razón de que está siendo gestionada por un grupo de pillos sin escrúpulos, de desaprensivos, apoyados por unas turbas fanatizadas que dominan los espacios públicos. Y también las instituciones. 
El único relato allí existente es agredir el idioma y la cultura rusa, que es como darse un tiro en el propio pie. No hay que olvidar que la cultura y la historia de ambos países están entrelazadas, por lo tanto, esa agresión es un acto bárbaro. Además de ser una insensatez.
Estos “iluminados” al convertirse en enemigos declarados de Moscú y de todo lo ruso, perdieron primero la península de Crimea y después la regiones de Donetsk y Lugansk, que proclamaron –aunque no sean reconocidas– su independencia. Y lo peor es que si no cambian se arriesgan perder el resto. El tiempo juega en su contra, pues cuanto más prolonguen y enconen el conflicto más se hundirá el país. 
Así que, Moscú solo tiene que sentarse tranquilamente y esperar. Porque, además, cuando cierre el grifo del dinero, es decir, cuando deje de pagar los miles de millones de euros por el gas que cruza por el territorio ucraniano –que sucederá cuando termine de construirse el Nord Stream-2–, a Kiev apenas le quedarán fuentes para financiarse. Por lo tanto, solo le quedarían dos opciones: o bien desencadenar una guerra total contra su población –para frenar la desintegración– o rebajarse pidiendo ayuda a Moscú. Puesto que con la UE, a pesar de que atizó el fuego en el Maidan, ya no puede contar. 
En Bruselas ahora empiezan a desentenderse del asunto, que es una reacción muy típica de esta Europa que nos gastamos. Primero lanzan la piedra y después –si vienen mal dadas– esconden la mano. Así funcionan.
Eso significa, que al final los que sufren las consecuencias son los de abajo. La mala administración, el saqueo de los recursos y las canalladas de los políticos terminan pagándolas los pueblos. Como siempre. 
Los oligarcas que gobiernan Ucrania usan la mentira para confundir y distraer a la población. Llevan varios años construyendo un relato a base de mentiras, de declaraciones ridículas y sin sentido. Así han fabricado un pasado y un presente irreal. Y pretenden construir también un futuro imposible.
Allí la política es como una chirigota, un gran vodevil para consumo de los grupos ultras. Y éstos no dejan de ser unos pobres diablos –eso sí, muy peligrosos– manejados por un grupo de sinvergüenzas y corruptos que está haciendo “su agosto”.
No pasa un día en que algún miembro del gobierno o de la Rada (parlamento) no haga alguna declaración absurda, descabellada. Allí las payasadas políticas son la norma y no la excepción. La última fue la del presidente Poroshenko, que hace unos días dijo que izarían la bandera ucraniana nada menos que ¡en Sebastopol!; eso nos da justo la medida del relato político que predican.
En Ucrania todo es posible. Allí los oligarcas vendieron grandes extensiones de tierra a las multinacionales, liquidaron industrias, que arruinaron ellos mismos, a precios de saldo. Hasta hicieron negocio con chatarra radioactiva de la central de Chernobil. Incluso se dice que extrajeron ámbar contaminado para ser exportado a la UE. Lo venden todo. Es como si odiaran el país. 
Para el año próximo hay elecciones. Aunque, en principio, ninguno de los potenciales candidatos aparenta tener más sentido común y decencia que los de ahora. 
Sin duda, traficar con la mentira se ha convertido en un boyante negocio en ese país eslavo. Y aunque eso también ocurre en otros países, allí rompió todos los esquemas. Todos.