jueves 18.07.2019

En el corazón del Cáucaso

Junio acabó para nosotros en el corazón del Cáucaso, en el reino de Iberia, en la Cólquida antigua a donde, según el mito, llegaron Jasón y los Argonautas en busca de la prosperidad que el Vellocino de Oro aportaba a quien lo poseyera. Nosotros, con una ambición menor, sólo fuimos a conocer los profundos valles y las montañas gigantescas de Georgia en busca de una nueva experiencia.

Georgia es un cruce de caminos, una parada de las caravanas de Oriente en la milenaria Ruta de la Seda en cuya capital, Tbilisi, el embrujo de Oriente nos cogió desprevenidos en las calles empinadas de la ciudad vieja. Desde la orilla del río, como una escalera de color, bellísimos balcones, minaretes, mezquitas y casas de baños nos acompañaron hasta donde la fortaleza Narikala, dominándolo todo, nos regaló la vista de tejados destartalados y patios que han vivido tiempos mejores, palacios zaristas y el hormigón frío y gris de la arquitectura brutalista soviética. 

Todo en Georgia fue un sube y baja. Subimos con cierta dificultad, casi trepando por encima de enormes piedras, a la ciudad rupestre de Uplistsikhe, construida y excavada en la roca, a encontrarnos con un primitivismo ancestral y pagano de culto al sol y bajamos a los viñedos del valle de Alazani, en el Cáucaso Menor, a tentar el paladar con los mismos vinos con los que los georgianos acompañan los tradicionales khinkali, khachapuri o churchjela. 

Empinadas carreteras nos llevaron a lugares imposibles donde iglesias y monasterios milenarios, dibujando paisajes de extraordinaria belleza, parecen unirse al cielo con un hilo invisible. En estos rincones agrestes descubrimos austeros lugares de oración en los que cada vela encendida en los candeleros se nos antojó la metáfora de un georgiano en pie ante Dios iluminando con su fe la oscuridad del templo.

Del mismo modo que en Nekresi, Bodbe o Svetitskhpvelo los georgianos rinden culto a la fe ortodoxa, el afecto de sus paisanos mantiene todavía vivo a Stalin en la ciudad de Gori, donde tanto la casa en la que nació como el vagón verde del tren que utilizaba en sus viajes forman parte de un museo en el que una guía de aspecto y formación soviéticos nos explicó con devoción manifiesta la colección de objetos personales y fotografías del Montañés del Kremlin, el hijo más famoso y controvertido de la ciudad que llegó a dirigir el destino de la Unión Soviética por más de un cuarto de siglo.

Georgia trabaja, celebra, duerme y se despereza a los pies del Cáucaso. Allí nos dirigimos una mañana fresca y con llovizna con la esperanza de ver cómo desde su cumbre, arañando el cielo a más de cinco mil metros de altura, el monte Kazbeg lo gobierna todo. Es el señor indiscutible de la cordillera y, como tal, observa el tráfico de la Carretera Militar Georgiana que atraviesa el Gran Cáucaso hacia la vecina Rusia. El viaje transcurre en medio de una naturaleza majestuosa e indescriptible hasta nuestra parada en Gergeti, donde la silueta de la Iglesia de la Trinidad se recorta frente a la mole imponente de la montaña y vigila imperturbable la lengua de hielo del glaciar Mkhvinvartsveri. 

Fuimos allí en busca del mito y el mito no se dejó ver. Envuelto en la niebla, el monte Kazbeg nos ocultó a Prometeo que, allí encadenado, paga eternamente la culpa de haber robado el fuego a los dioses para dárselo a los hombres pero el aire limpio, la naturaleza indómita y la absoluta sensación de paz hicieron de este uno de los lugares del mundo que nos puede marcar para siempre.

Todo el tiempo que duró nuestra estancia en Georgia una figura de mujer con la espada dispuesta para el enemigo en una mano y un cuenco de vino en la otra para quién llega en son de paz, vigiló nuestros pasos desde lo alto de la colina en Tbilisi. Nosotros tomamos de la mano de la Madre Georgia todo lo que ella tenía para ofrecernos. Y lo que nos ofreció fue el regreso a un mundo rural y a un modo de vivir no desconocido pero ya casi olvidado en Occidente.

No estuvimos todos. Faltó la compañera que prematuramente quedó en el camino y a la que quiero recordar desde estas líneas porque fue precisamente ella quién más insistió en ir a Georgia antes de que el turismo masivo le robara su esencia y su identidad.

En el corazón del Cáucaso
Comentarios