• Lunes, 24 de Septiembre de 2018

desde que el presidente Trump llega a la Casa Blanca todo son desvaríos.

desde que el presidente Trump llega a la Casa Blanca todo son desvaríos. Sigue sin filtros. Se va enemistando día a día con quien le reina. Lo último es averiguar quién es el funcionario que le puso de “chupa de dómine” en el The New York Times. Europa es su enemiga, los chinos, los rusos, la prensa e incluso sus propios asesores. 
Se ha filtrado, incluso, que le dijo a su esposa Melania, cuyo feeling está de capa caída, que si se divorciara la deportará a Eslovenia. De su mujer ya que había publicado que su único capital para obtener el permiso de residencia en Estados Unidos fue tener un cuerpo escultural, y un aire de misterio, que parece ser fue lo que más atrajo a este magnate norteamericano que en un plazo corto, por quedar obnubilado, la convertiría en su esposa. Eso sí, siempre que hiciera la vista gorda en cuestiones tan banales como la infidelidad, el acoso, el rechazo a los negros, inmigrantes y demás gente similar o la falta de respeto hacia todo lo que llevara faldas. 
Vamos, que actualmente, se hizo público que el equipo que el presidente tiene en la Casa Blanca, su gente más personal, funciona como un auténtico manicomio. Es decir, su comportamiento autoritario, su narcisismo, su falta de empatía o su impulsividad generan desconfianza, no solo en general, sino también en aquellos que a diario trabajan con él mano a mano. 
Claro, que a pesar de todos los chascarrillos, es lo cierto que siendo quien es y por el poder que ostenta, evidencie que todo esto puede resultar una autentica amenaza para todos. Porque, si todo lo que se dice es cierto, sus acciones pueden constituir un importante problema para todo ser viviente del planeta, pues no se trata de una persona cualquiera. Esta personalidad, con sus altibajos, reacciones, sus tweets y conductas, no puede por menos que generar sobre todo temor. 
Al señor Donald Trump no le gustan las reglas, los protocolos, recibir negativas ni que le lleven la contraria. Desafía a menudo el status quo y no acepta órdenes. Si a estas conductas le añadimos que funciona por impulsos, tenemos lo que en sicología se llama conducta antisocial. No le interesan las opiniones diferentes, que además le enfadan sobremanera, y ya sabemos que su capacidad para asimilar información es ciertamente limitada. Vive en el aquí y en el ahora, sin valorar las consecuencias que a largo plazo puede tener su forma de comportarse. 
Como nos dice Guillermo Fesser, corresponsal de Onda Cero y el Intermedio, “es un niño de cinco años, mimado e insoportable que solo piensa en sí mismo”. “Esto es lo que pasa cuando dejas gobernar a un niño de cinco años”. Y el mundo ha dejado, pues, que nos gobierne un niño consentido y sin criterio. 
Sin embargo, cierto es que este tipo de personajes no son únicos. Abundan en la vida pública y llegan a ser tan populares que por eso la gente les vota. De ahí que pese a que Donald Trump sea más popular que todos, no es el único desgraciadamente. Tenemos demasiados dirigentes, incluso locales, que hacen de su feudo un ranchito y funcionan a toque de corneta. Algunos presidentes, alcaldes o gerifaltes de poca monta pero creídos en su poder, con incapacidad de empatía y falta de humildad, arruinan pueblos por el solo placer de mandar y disponer de lo ajeno. Esconden sus verdaderas intenciones, mienten sobre sus auténticos intereses y engatusan con su lógica perversa, para hacernos creer que trabajan por los intereses de su pueblo. 
Nadie se imaginaba que un tipo como Trump llegara a ser presidente de Estados Unidos, pero tampoco muchos votantes, han podido sospechar que el tipo que les apareció por la puerta prometiendo sanear y llevar a cabo una política honesta ha ejercido de trilero y ha hecho todo lo contrario a lo que les había prometido. Y volverá a repetirlo en cuanto tenga ocasión para seguir engañando y con ello denigrando de nuevo lo que representa ser un dirigente dhonrado. Aprendamos a distinguir a fuerza de votar.