• Miércoles, 26 de Septiembre de 2018

nunca se entenderá, ni será tan siquiera comprensible,

Nunca se entenderá, ni será tan siquiera comprensible, porque va en contra de la propia, supuesta, deontología profesional, que un periodista quiera permanecer al margen de la noticia. Sucede, si acaso, con la cuestión catalana, en la que eso del secesionismo se ha quedado trasnochado a cuenta del sectarismo. 
Y es que en algo han de sustentarse tan irracionales como surrealistas exabruptos de los que ha hecho gala el nuevo presidente de la Generalitat catalana, Quim Torra, cuando de lo que se trata es de buscar y procurar que sea el odio a cuanto, según él, nada o poco tiene que ver con lo que en esencia considera que es el derecho de su comunidad a formar un país al margen no ya de un Estado de Derecho como el español sino de lo que se entiende que todo político que se precie debería tener como máxima de su acción. Esto es, la simple convivencia.
El sub-president ha dejado claro que es el huido –acosado, torturado y represaliado– Puigdemont quien de facto ostenta la titularidad del Ejecutivo catalán, cuyo triste y lamentable peregrinaje por Europa pierde todo indicador de verosimilitud pero que aún logra confundir a más de un personaje público que poco o nada puede saber, ni por aproximación sentimental, del discurrir de este país y, en buena lógica, asumir que, como se está viendo, son actores externos los más interesados en crispar el debate.
Los “mensajes” de Torra están, evidentemente, dirigidos a un electorado construido bajo el más radical de los nacionalismos, que no es otro que el que tiene en la máxima de la exclusión su único sustento. Algo de lo que, por cierto, ya dio sobradas muestras Europa. Y no solo en el ya lejano tiempo del nazismo, sino en algo tan próximo todavía como la limpieza étnica en la que derivaron los sucesivos conflictos de la antigua Yugoslavia.
Lo que evita decir, a tenor precisamente de esa tan característica ideología consistente en disfrazar bajo el epígrafe de la democracia el derecho a la supuesta libertad –que dicen, como sabemos, que no existe– que convierte en tortura y persecución lo que es la elemental defensa de los intereses generales de un pueblo, es la forma en que una futura e hipotética República catalana distinguirá entre afectos y desleales, para lo cual incluso se puede apuntar que el propio documento personal de identidad podría, por ejemplo, incluir el apartado de esa nacionalidad que asegura defender. Tal vez todo se reduzca, en definitiva, a dos palabras, las de ser catalán o “español”, sinónimo este último, como ya ha demostrado, de zafio, falto de inteligencia o ladrón y asesino maníaco depresivo si se tercia, objeto pues de eliminación a la que insta el simple hecho de ser prescindible porque ni tiene la “sangre vieja” necesaria que, como antaño, diferenciaba entre el derecho más elemental a vivir y la condena prematura a la muerte y el ostracismo como elemento fundamental de la propia existencia del individuo.
Un nacionalismo, hay que recordar, como exacerbado y ajeno al respeto al derecho más elemental del ser humano, que no es otro que el de la vida, tuvo también sus muertos, aunque ni mucho menos tantos como los de la extinta ETA que, miren por donde, se ha visto, con retraso –incluso el intelectual–, a reconocer lo que la inmensa mayoría de la sociedad sabía de antemano. Se deduce pues que el terrorismo tal vez haya dejado las armas, pero que le queda, como le sucedió en sus primeros momentos, sin ir más lejos, al nazismo, la fuerza de la palabra, en este caso la mentira más abyecta, sustentada en la credulidad y el desconocimiento pero, sobre todo, en los intereses de una clase política que también sabe hacer uso y gala del terror, aunque sólo sea el que evoca tan falaz mensaje.