sábado 06.06.2020

En memoria de URZA

el pasado 8 de mayo nos dejaba Javier Meléndez, URZA (Madrid, 1959), que desde 1988 residía entre nosotros, un gran artista, uno de esos raros seres cuya obra ha sido una continua indagación, una pregunta ontológica trasladada al lenguaje de las manos y de la materia madre (el barro adámico); ella, con ayuda de los demás elementos: agua, fuego y aire, le ha servido para dar testimonio emocionado y ferviente de la historia no contada, pero que va dejando marcas, huellas, grietas y heridas en los mojones del camino; un drama que sólo puede decirse, como él hacía, reconstruyendo fragmentos entre cuyos intersticios y huecos sopla el viento de la desmemoria. Sólo sintiendo esos desgarrones en la propia alma se puede hacer cerámica, o escultura o pintura como él lo hacía: con las manos convertidas en cóncava matriz alumbradora de espléndidas semillas que, no obstante, ya nacen con las señales del tiempo. 
Por eso, toda su obra reconstruye, metafóricamente “fragmentos de memoria”, en los que late, a la vez, una tensión arcana y arcaica y un doliente pathos de índole barroca, pues las formas se buscan, se inter-penetran, se casan, se articulan, se atan en abrazos místicos y míticos para construir estelas con reminiscencias de petroglifo y de votivo tótem, como “Ara solar”, o los que dedicó a Nicolás Guillén o a José Hierro, o aquellos a los que puso el hermoso título de “Casa de las palabras”. Pues por la poesía de las palabras y de la música anduvo siempre y, en un instante de iluminación, en 1999, escribía: “Esta aventura mía, íntima y diaria en el taller, ya tiene nombre: Constructivismo lírico”, que vale tanto como decir que el suyo es ajeno al racionalizado constructivismo geométrico y en él son posibles todos los quiebros rítmicos de los contrastes y donde lo tosco, como ocurre en la vida, también tiene su sitio. 
Con respecto a esto, confesaba, en algún momento, su cercanía al art brut de Dubuffet. Supo que toda verdadera creación implica, a la vez, felicidad y sufrimiento y que es un apasionado viaje por las razones del corazón que lleva de regreso al oculto manantial de lo imaginario, del que dejó testimonio en murales, esculturas y pinturas. 
Des-ocultador apasionado de enigmas y comprometido, como todo artista que se precie, hasta la raíz de su ser en la búsqueda de todo, sintió, a la vez, la atracción telúrica y el vuelo del pájaro; por ello, escribió que “...la mano hace posible un mundo. Mi mano como un pájaro.” En esta entrega total a su quehacer pudo, al fin, definir y edificar “EL ESPACIO URZ”, (del que daba testimonio en su muestra coruñesa de 2016, titulada “FREIEN. Habitar. Liberar. Proteger”): lugar abierto al encuentro, que, entre las aéreas notas de las “Suites para violonchelo” de Bach,y, aunque construido con paradójico dolor, es el que hace posible la utopía humanística de vivir en armonía. Esa es la casa de luz donde deseamos de corazón que ahora habite, recreando sus sueños y cantando sus versos:”En el aire/(yo) soy la ausencia/ de aire.../ Donde quiera que esté /yo / soy lo que falta.”

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