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Dos Cataluñas, dos Españas

Francisco Muro de Iscar |

Diario de Ferrol | 22 de marzo de 2019

Paco Ibáñez es uno de los grandes cantautores de la España del siglo XX.

Paco Ibáñez es uno de los grandes cantautores de la España del siglo XX. Y también del XXI. A sus 84 años, que se le notan, sigue llenando teatros y cantando a Neruda, Guillén, León Felipe, Machado, Miguel Hernández y, sobre todo, Alberti y Lorca. Ha convertido tantos poemas en canciones, con solo su guitarra, que ya no se sabe si fueron antes las canciones o los poemas. Esa recuperación de la mejor poesía -también de la más partidista, a veces sectaria-, ha sido su signo y su bandera. Volvió a España en el 68, después del duro exilio de sus padres y cantó en pleno franquismo, aunque tuvo que volver a marcharse y no regresó de verdad hasta el 90. Y aquí sigue.
Hay heridas que quedan para siempre, cicatrices de la incomprensión y del miedo a la libertad, pero son más los que reconocen su trabajo que los que lo niegan. Ahora vive en Barcelona y esta semana vino a Madrid para traer sus canciones a un teatro público, dependiente de la Comunidad de Madrid, gobernada al menos hasta mayo por el PP, donde no se pide ni carné ni bandera, sino arte y cultura. En esta ocasión lo hizo acompañado de Soleá Morente, la hija del gran Enrique Morente, a quien de alguna forma apadrina en su aventura de versionar a poetas. Hubo momentos únicos, como cuando juntos cantaron “Palabras para Julia”, de José Agustín Goytisolo o cuando él sólo cantó “Como tú”, de León Felipe, “Balada del que nunca fue a Granada” de Alberti o cuando cerró con “A galopar”.
Hubo, ya lo he dicho canciones del bando de los perdedores, muchas. Bellas palabras de grandes poetas como Cernuda o como León Felipe, aunque a mí me gusta más su poesía no política, no partidista, no sectaria. Pero se le aplaudió con fuerza. Hasta que, sin venir a cuento, empezó a meterse con los jueces españoles, especialmente con el juez Llarena, en dos ocasiones, y empezó la defensa de quienes quieren ahora romper Cataluña en dos mitades, sin aprender de la historia. De esa historia que abre las heridas y luego es casi imposible cerrarlas. “Es que yo vengo de Cataluña”, replicó cuando empezaron las protestas, educadas, moderadas. Muchos espectadores que no comulgan con sus ideas, o muchos a los que sus ideas no nos importan, queríamos oírle cantar. Sólo eso, incluso lo que nos parece o es la mitad de la verdad cuando no sectario.
Otra vez las dos Españas, las dos Cataluñas, la maldición que parece perseguir a un pueblo tolerante que quiere vivir en paz y donde cabemos todos, gracias a una Constitución que nos ha ofrecido la mayor etapa de libertad, de democracia y de prosperidad de la historia. Al final, Paco Ibáñez se olvidó de la política y volvió a lo suyo. A cantar. Solo y con Soleá Morente. Y este público del Madrid centralista, del Madrid que tiene la culpa de todo lo malo que pasa en Cataluña, del Madrid de los jueces libres e independientes que están dando un ejemplo de libertad y democracia en el juicio a los políticos que han infringido gravemente la ley, ese Madrid vibró con “Tus ojos me recuerdan” del Machado que algunos quieren monopolizar, o con el “Romance a la luna luna” de Federico y volvió a aplaudirle con fuerza hasta el final. Un Madrid abierto, acogedor. Un Madrid de libertad.  

 

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