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Urge mudar de aires (y III)

Tal vez sea significativo, pues, que aprendamos a hacer que fructifique el don de la vida, ofreciéndonos para activar el beneficio del gozo vivido, que no es otro que nuestra existencia vertida en los pequeños gestos de cada día, de auxilio y ofrenda. Lo importante es no decaer en el compromiso, sino más bien que se active en solidaridad permanente, uno de los nutrientes esenciales para afrontar los desafíos actuales. 
 

Siempre en búsqueda, con aires nuevos y vientos maduros; sin superioridad entre análogos y en guardia permanente. Esto será un buen modo de avanzar humanamente y de ponernos en marcha. Lo primordial radica en estar siempre en camino, en cabalgar por los sueños y en no desfallecer jamás. Creo que este es el modo de rehacerse, de poner los labios internos ante el drama de la vida, de activar un porvenir que no puede paralizarse. Sabemos que los desafíos son enormes y desastrosos, pero tenemos el deber de actuar cada cual desde su misión, con espíritu cooperante y desvelo colaborador. 
 

La hazaña es grande, pero no imposible, se trata de encontrar soluciones comunes a los problemas habituales, bajo el tono de la buena voluntad y el timbre de la confianza. El día que la humanidad deje de trabajar egoístamente, para sorpresa de todos, habremos conseguido una familia unida e indivisible, siempre dispuesta a que nada de lo humano le resulte extraño. 
 

Será el gran avance interior, lo único que puede transfigurarnos como una gran coalición de seres pensantes, para dar respuestas que nos concierten como humanidad enhebrada en la concordia. No olvidemos que las contiendas tienen su manantial en nuestra propia mente y, como tal, deben diluirse en la mano extendida como baluarte de quietud y acogida.

Urge mudar de aires (y III)

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