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Treinta años y un día

Recuerdo aquel 20 de abril cuando a primera hora de mañana, una hora muy temprana, una expedición de gallegos, entre la que nos encontrábamos directores de medios de comunicación, salimos del aeropuerto de Santiago rumbo al de Sevilla. Íbamos a la inauguración de la Expo 92 que tantas expectativas había creado en el mundo de las comunidades autónomas también presentes en el magno acontecimiento.

Han pasado treinta años y un día y aún recuerdo con admiración aquel viaje que generaba un hermanamiento muy cercano entre las comunidades que integraban el mapa político español. Nuestra comunidad estaba presidida por Manuel Fraga, teniendo como gran escudero de todo el tinglado que se montó para promocionar a Galicia con un magnífico pabellón, a Víctor Vázquez Portomeñe el padre del Pelegrín y del Xacobeo.

Cuando llegamos al recinto de la Exposición

Universal de Sevilla 1992 –Expo 92, con Curro de mascota– se daban los últimos retoques para tener todo preparado cuando se produjera la inauguración oficial por parte de los Reyes de España. Aquello que teníamos ante nuestros ojos era un gran mundo imaginario que superaba todas las expectativas y las previsiones que se hicieron desde el primer momento. Ese mundo de ilusión y fantasía, de grandes proporciones pensando siempre en la explotación turística nos hizo albergar a los periodistas que Galicia podría disponer de muchas de las mejoras que se hicieron realidad en Sevilla. Entre todas ellas el Ave que tanto facilitó el acceso a la capital andaluza de millones de turistas que llegaron a recorrer los kilómetros de pabellones instalados en aquel descampado al otro lado del rio y que crearon una gran ciudad con sus ventajas e inconvenientes.

Han pasado treinta años y un día y fueron necesarias casi tres décadas para que el gran acontecimiento ferroviario en forma de tren de alta velocidad –que no el Ave– llegase a Galicia. Con los años nuestras ilusiones de jóvenes periodistas que forjamos en la visita relámpago a Sevilla se fueron diluyendo. Hoy tan solo el recuerdo y comprobar que deprisa pasa el tiempo.

Treinta años y un día

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