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Refugiados

Las razones por las que las personas abandonan su lugar de origen pueden ser muchas y variadas. Aunque las principales son la pobreza extrema, las sequías o las guerras. Por otro lado, las migraciones no comenzaron ayer.


Hace unos 70.000 años –cuando nuestros antepasados eran todavía sociedades de cazadores-recolectores– ocurrió un gran cambio climático en nuestro planeta que causó una gran sequía en África, la cual obligó a los grupos que vivían en la zona tropical a tener que desplazarse hacia el norte del continente.


Tales desplazamientos fueron en realidad las primeras migraciones en la historia de la humanidad. Movimientos que continuarán hacia Eurasia, alcanzando América miles de años más tarde a través del estrecho de Bering que en esa época estaba seco.


¿Por qué es sano recordarlo?, más que nada para no olvidar el lugar de dónde venimos todos. Porque curiosamente a estas alturas de la película todavía hay gente que sigue creyendo en lo de la “pureza de sangre” y toda esa bazofia racista construida en el siglo XIX por el escritor francés, Arthur Gobineau, y otros “teóricos” raciales.


Así que, para que nadie se coma ese cuento es importante tener siempre presente que nuestros antepasados originarios no eran lo que se dice gente “blanquita”, “rubiecita” y de ojos azules. La cosa no ocurrió así.


Dicho esto, podemos ver que desde una época muy temprana los humanos estuvimos moviéndonos, explorando otros horizontes, buscando nuevos asentamientos, mejores climas. O como hacen los refugiados de ahora: escapar del hambre y las guerras.


Por lo tanto, para encarar este grave problema lo primero que se debería hacer es una reflexión seria, objetiva, libre de prejuicios culturales o raciales, preguntándonos las causas que lo han desencadenado y los hechos que produjeron tales causas.


Empezando por un dato que no es menor. Resulta que la mayoría de los refugiados que están llegando a Europa provienen de aquellos países (¿casualidad…?) en los cuales tuvimos algo que ver cuando sacamos a sus dictadores para llevarles la “democracia”.


Uno cavila que debe ser desagradable tener que aceptar ciertas cosas cuando éstas pueden significar responsabilidad. Quizá eso también explica la razón por la cual las élites políticas europeas deciden irse de rositas, es decir, después de haber puesto patas arriba la casa ajena ahora no quieren saber nada de sus inquilinos.


Es cierto que la alternativa no es abrir nuestras fronteras de par en par, como creen algunos “iluminados”, pues eso sería una auténtica locura. Pero no es menos cierto que los campos de refugiados, que no son otra cosa que campos de concentración disfrazados, como los que hay en Grecia y otros lugares de 

Europa y Turquía, no son la solución; más bien son el camino a ninguna parte.


La solución, la real, es otra muy diferente. Y no pasa por ninguna de las mencionadas, que son las que están aplicando en Bruselas contradiciendo abiertamente el relato que allí hacen de los derechos humanos.


Con semejante política lo único que consiguen es echar balones fuera esperando que suceda un milagro, una suerte de “Deus ex machina” capaz de frenar de golpe este flujo imparable de personas. Pero esos “milagros” solo ocurren en las novelas o en el teatro.


La verdad es que no hace falta tener ideas demasiado brillantes o sesudas para saber cuál es la alternativa, incluso con una pequeña dosis de “egoísmo inteligente” sería más que suficiente. Pero eso al parecer tampoco abunda.


Y la solución pasa por prestar ayuda económica y técnica, no limosnas, a esos países, articulando planes de desarrollo para reconstruir sus destruidas y depauperadas economías.


Haciéndolo se evitaría que miles de refugiados continúen golpeando las puertas europeas o ahogándose en el Mediterráneo. De no ser así, seguirán llegando más, quizá cientos de miles en los próximos años o incluso millones en la próxima década. Es inevitable.


Por otro lado, ayudándolos ni siquiera estaríamos haciendo algo extraordinario. No hay que olvidar que Europa arrastra una fuerte deuda moral, humana y económica al dejar en la estacada a muchos de esos países.

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