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Gentes de verbo activo (I)

Me emocionan las gentes que cultivan el sosiego a través de la auténtica palabra, que fraternizan con los lenguajes que salen de adentro, que han desterrado vocabularios indecentes de sus vidas; pues, no hay pobreza mayor, que enfrentarse entre análogos. La realidad por sí misma, nos llama a repensar el período, a trabajar nuestro interior con otro despuntar más humilde, en coherencia con el epígrafe inclusivo, que no tiene otro significado, que el de sentirse familia para reconstruir ese porvenir armónico de la raza humana. Con razón, siempre se ha dicho, que más vale una expresión a tiempo que cien a destiempo.


La vida no es aceptable entre desequilibrios. Nos merecemos esa consideración natural entre el cuerpo y el alma, ese tiento de lucidez para que despertemos y podamos ser una sociedad afanada tanto por el vuelo libre como por la verdad. Hasta ahora hemos dicho de comprometernos por el bien colectivo. Lo hemos repetido hasta la saciedad, pero sin pasar del buen propósito. Nos falla esa determinación firme y perseverante, auténtica, de batallar por lenguajes que nos unan y nos reúnan alrededor de ese brío integrador, que es lo que verdaderamente nos da quietud, y que ha de ser para todos o no es para ninguno. Por desgracia, el endiosamiento tan ejercitado en los últimos tiempos nos ha empedrado nuestro propio habitáculo interior, deshumanizándonos por completo y activando las contiendas.


Muchos ciudadanos se creen que las guerras no les afectan, que las batallas del odio no van en serio, que las tribulaciones cesarán como por arte de magia, que las divisiones y rivalidades entre familias se solventan con visiones de indiferencia, lo que nos exige una revolución espiritual, comenzando por reconstruir nuestros propios lazos, emprendiendo un reencuentro hacia nosotros mismos, para finalizar en una concienciación del verbo, que ha de saber conjugarse en todos los tiempos y para todas las edades, sobre todo en lo que se refiere a la dignidad de la persona y al valor de los derechos humanos.


La paz se alcanza cuando se hace efectivo el justo vocablo en torno a una causa colectiva, en términos indulgentes y de acercamientos entre culturas diversas. Y ahí es, precisamente, cuando se puede alimentar la esperanza y alentar el entusiasmo recuperando la confianza.


Por ello, hoy más que nunca, necesitamos favorecer la proximidad, asistirnos más y mejor unos a otros, socorrernos en suma para experimentar ese respeto natural, que todos nos merecemos como el pan de cada día, porque además es la substancial brida de los desenfrenos. De ahí, la urgencia de un cambio de aires que mejore nuestros pasos, tanto de mente como de espíritu.


Esa energía profunda, manada y emanada del verso y su representación, necesita ser descubierta, vivida, experimentada, ofrecida en comunidad a través de la entrega generosa; hasta el extremo, de que nada soy sino soy algo para los demás

Gentes de verbo activo (I)

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