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La corrupción y sus formas

El análisis de las “arriesgadas” decisiones de Sánchez, en complicidad con sus socios y aliados, que se verán favorecidos con discutibles retoques en el Código Penal, exige distinguir entre la ética-estética de estas y sus calculados efectos en la cuenta de resultados electorales. O sea, principios por un lado y rentabilidad por otro. La apuesta parte de una premisa tóxica: hoy por hoy al presidente le conviene más la dinámica del enfrentamiento que la del consenso. Con dos coartadas para blanquear su aversión a la concordia. Una, la estabilidad de país. Y otra, la pacificación del llamado conflicto catalán. A todo eso los marinos llamarían “obra viva”, la parte sumergida del barco mientras navega. La “obra muerta” es, por el contrario, lo que vemos: la resistencia interesada del PSOE a entenderse con el otro pilar del sistema de representación comprometida con el orden constitucional. La adición al poder de Sánchez se alimenta de los enemigos de la Constitución por exigencia de la matemática parlamentaria, sobre la que se alza el pedestal del Gobierno. También eso salta a la vista.
 

Esa visible dependencia de declarados objetores del Estado inspira el tsunami mediático, político y judicial que parece estar arrollando a Sánchez por cuenta de las apresuradas reformas del Código Penal que están a punto de salir del telar parlamentario, al que llegaron por atajos poco vigilados camino del BOE. Ya, pero no descartemos que la ciudadanía acabe siendo insensible a la toxicidad de esas reformas y, finalmente, Sánchez gane la apuesta en términos de rentabilidad política.
 

En la “obra muerta”, es decir, en la parte visible del culebrón, están también los brotes de insumisión dentro de las propias filas del PSOE. Algunas de forma explícita, como las voces de Guerra, Page o Lambán, y otras con más sordina, como las que van a sonar inevitablemente en una cena de Felipe González con sus exministros.
 

El muy extendido reproche de ataque a la democracia y sus instituciones utilizada para referirse al caso “Kaili” (trama de sobornos de Qatar en el seno del Parlamento Europeo) es la misma que se cierne en España sobre los microgolpismos del Gobierno de Sánchez. También con el mismo telón de fondo: la corrupción. 
 

Desde la más básica, que representa esa pillada del padre de Kaili con una maleta cargada de billetes, hasta la más sofisticada, la que se inspira en la sed de poder. Es nuestro caso. Encarna en los calculados planes del Gobierno para aliviar como sea la penitencia judicial impuesta a los dirigentes del “proces”. 

La corrupción y sus formas

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