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Agostar, otoñar…

Agosto va a caer en un «jueves de horca», afirman los agoreros, se confunden, caerá como siempre en un día de otoño apacible y gentil, en el que las hojas de los árboles, levemente ambarinas, se dejarán caer por el solo placer de reposar en sus brazos y en ellos dejarse acunar por un sol membrillo capaz del milagro de la maravillosa agonía de vivir.


Expresado así puede antojarse excesivo, pero, se diga o se calle, vivir es morir. Y en agosto morimos tumbados en la sana indolencia de no hacer nada y si se nos impone hacer, hacemos solo lo que se ha de hacer para que se haga eso que no debemos hacer. No es pereza, es fidelidad a un mes que está en el calendario por exigencias gregorianas, pero que no debería estar, porque él no es lo reglado de ese ser impío, él es un día robado a los dioses, como el fuego regalado de Prometeo, para un solo fin, iluminarnos en esa suerte de bondadosas divinidades y mágicos sortilegios nacidos del mismo libro del conocimiento, el de Pereza y vida, escrito por todos, a lucidas manos, para un disfrute común, para una tregua arrancada a golpe de ternura e ilusión a la penuria de esos días que jamás serán agosto.


El verano, es cierto, es la lucidez de la humanidad. En su tránsito toda luz nos es revelada, toda novedad declarada, toda esencia derramada, toda incertidumbre abolida… Todo, menos el dulce apocalipsis de ese agosto caído en lo más erguido de nuestro ser, la dignidad de ejercer.

Agostar, otoñar…

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