Viernes 18.01.2019

Mestre Gregorio Baudot

Acostumbro a comenzar mis artículos señalando qué barrio de la ciudad visitamos, pero hoy no puedo hacerlo porque no está claro si la calle pertenece al barrio de Canido, al de A Magdalena, Ferrol Vello o a ninguno; sin descartar que pese a ser una calle corta –menos de cien metros de longitud- una parte de ella pertenezca a un barrio y otra parte a otro.

Foto de la calle Mestre Gregorio Baudot
Foto de la calle Mestre Gregorio Baudot

Acostumbro a comenzar mis artículos señalando qué barrio de la ciudad visitamos, pero hoy no puedo hacerlo porque no está claro si la calle pertenece al barrio de Canido, al de A Magdalena, Ferrol Vello o a ninguno; sin descartar que pese a ser una calle corta –menos de cien metros de longitud- una parte de ella pertenezca a un barrio y otra parte a otro.
Comencemos por situarla: muy próxima al final de la calle María (y por tanto del parque municipal Raiña Sofía) arranca la calle en ligera pendiente hacia Canido, pero inmediatamente, a unos veinte metros, gira a la derecha alejándose del parque para desembocar en la calle Atocha, frente al final de la calle del Sol.
Varias pequeñas curiosidades encontrará el observador que la recorra lentamente: todos los edificios de la calle –menos de una docena- están dedicados únicamente a viviendas (uno de ellos con amplio garaje); no siempre fue así, porque hasta no hace muchos años un paseante podía tomar una cerveza en tres locales distintos. También contaba la calle con algún pequeño comercio.
La primera curiosidad que nos ofrece esta vía, es ver que la numeración de los edificios no sigue la regla general de comenzar por el extremo de la calle más próximo al centro de la ciudad –Ayuntamiento-  sino que comienza por el más alejado, el más al oeste. Pero quizá sea aún más sorprendente que en la acera correspondiente a los números pares solamente existen dos portales, y el primero de ellos, lógicamente, es el número dos, pero el otro no es el cuatro sino el dieciocho. Y ya que estamos hablando de la numeración de los edificios, creo que debo apuntar que el que tiene el número más alto es el veintiuno, edificio que, en mi opinión, sería deseable que desapareciese lo antes posible; se trata de una vieja casa de planta baja, deshabitada desde hace años, que además de afear toda la zona por su estado de abandono, supone un obstáculo, molestia y peligro para personas y vehículos, al adentrarse hasta casi la línea central de la calle Atocha.
Una vez hecha la descripción de la calle aunque sólo de una forma somera, prestemos atención a su nombre: Mestre Gregorio Baudot.
Vamos a recordar a un músico; la música fue para él un don natural que sintió desde su niñez y que le permitió con sacrificio, entrega y esfuerzo personal,  legar una magnífica, extensa y variada obra artística a todos, pero en especial a la Marina y a Ferrol. Permítaseme un inciso, ya que estamos hablando de un músico militar, para decir a quien desee conocer en su generalidad y amplitud este campo, puede hacerlo en una excelente obra titulada “Historia de la Música Militar de España”, de Ricardo Fernández de Latorre, pero para conocer pormenorizadamente la vida y obra de Gregorio Baudot Puente, puede hacerlo en el libro del reconocido especialista ferrolano Juan José Rodríguez de los Ríos, “Gregorio Baudot, el músico, el hombre”. De esta obra he tomado los datos, personales y profesionales que expongo a continuación y que él lector puede ampliar en ella, presentada y prologada por destacados conocedores de Ferrol en campos muy variados, y que alguno de ellos califica a Baudot como “el Wagner gallego”. No es de extrañar, pues como allí se dice, en la música gallega se inspiró para componer uno de los pasodobles más inspirados musicalmente: “LUGO-FERROL”. También se recuerda en el libro que Gonzalo Torrente Ballester –a quien no hace falta aquí presentar- dijo de Baudot: Fue una figura familiar, una figura amada de los niños de mi tiempo.
Vamos a conocer algunos datos biográficos, tomados, recuerdo, del libro de J.J. Rodríguez de los Ríos. Nació en Colmenar Viejo (Madrid) el 12 de marzo de 1884, hijo de Florentino y Felipa, estos oriundos de Tarragona. Desde muy pronto, el niño mostró unas aptitudes excepcionales para la música; formó parte del coro parroquial. Sus comienzos no fueron fáciles porque pertenecía a una humilde familia campesina, para la que costear los gastos de una formación de calidad, en aquella época era casi una quimera, pero tuvo la fortuna de encontrar el apoyo del ilustre compositor Tomás Bretón (“La verbena de la Paloma”). A los dieciséis años escribió su primera composición musical: la sinfonía Entre Montañas. En 1905 comienza la ópera –que terminaría en Ferrol en 1913- “La Figlia di Jorio”, considerada por el propio maestro  su obra cumbre. Obras  importantes fueron también, entre otras, “Las bodas de Camacho”, “Un sueño amoroso”, “El triunfo del amor”, etc. En su carrera musical hay que recordar además  su etapa como flautista de la orquesta del Teatro Real de Madrid. Excelente crítica tuvieron tres zarzuelas compuestas por nuestro músico, como las tituladas “Aires de la Sierra”, “La eterna paz”, y otras. En 1909 realizó una gira por América formando parte del Quinteto de la Sociedad de Instrumentos de Viento de Madrid.
Vida Militar. Ingresó por concurso oposición para directores de bandas en 1910. Ya en Ferrol, al frente de la banda del Tercio Norte de Infantería de Marina, destacó desde el primer día; en 1911 escribió el “Himno a Concepción Arenal” y el “Himno a las Juventudes Católicas”, con letra de Manuel Comellas.
En el limitado espacio de un artículo no es posible siquiera relacionar la obra copiosa, variada y siempre interesante de nuestro personaje, pero queda dicho dónde puede el lector interesado conocer bien su importante legado artístico. Como militar que era, la música castrense cuenta con obras suyas como “Almirante May”, “Comandante Solá”, “Almirante Morgado”, el pasodoble “El Rhin” y varias más, todas con su sello personal.
En el acervo popular ferrolano, tal vez haya quedado mayor recuerdo  su conocida marcha “El tren de la alegría”, que Gregorio compuso para celebrar un momento histórico de la ciudad, la inauguración del ferrocarril Betanzos-Ferrol, que auguraba una nueva etapa de esperada prosperidad; era mayo de 1913.
No hay vida sin momentos duros; uno de ellos sucedió en Ferrol, ese mismo año, 1913. Era por aquel entonces Baudot director del Orfeón “Juventud Benéfico Patriótica”, formado por productores de la S.E.C.N. En una fecha infausta de aquel año se encontraba el Orfeón reunido esperando a un autobús para trasladarse a Jubia, cuando unos individuos ofendieron a uno de los componentes; salió el director en su defensa y los salvajes agredieron a Baudot con navajas, de tal manera que llegó a temerse por su vida, aunque por fortuna se restableció totalmente.
En el plano familiar, digamos que contrajo matrimonio en Colmenar, con Felisa Mansilla, con quien tuvo siete hijos; para la boda de la mayor de ellos, María Teresa, compuso su padre una marcha nupcial.
Del reconocimiento general del arte de Baudot, puede ser buena muestra que la colonia inglesa residente en Ferrol le obsequió con una batuta tallada en marfil.
Todo lo hasta aquí relatado, está tomado del libro citado al principio. Voy a añadir una curiosidad de la que no puedo dar fe porque es el relato verbal de un buen amigo, gran conocedor de historias, tradiciones y leyendas locales: una importante y muy inspirada obra del compositor es su conocida ópera “Cantuxa”; pues bien, “Cantuxa” fue escrita, al menos en buena parte, en un acreditado establecimiento de ultramarinos de la calle Magdalena –próximo ya a celebrar su centenario-, que por aquel entonces tenía también una puerta lateral por la que se accedía a la parte más al fondo del local y en la que se reunía un grupo de buenos amigos para charlar y “tomar un vaso”.
Su última composición, letra y música, tiene, en mi opinión, un profundo significado: “Himno a la Marina”. 
De la vida militar se retiró como Músico Mayor en 1931. Falleció en Ferrol, en el Hospital Naval, el 4 de noviembre de 1938 y fue enterrado en el cementerio de Canido, en un nicho propiedad de la Armada.

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