domingo 27/9/20

Francisco Leira | “Se dice que la guerra era inevitable, dos Españas condenadas a enfrentarse, pero yo no lo creo”

historiador La editorial Siglo XXI publica la adaptación de la tesis con la que el historiador ferrolano Francisco Leira consiguió el Premio Miguel Artola con “Soldados de Franco”
La editorial Siglo XXI publica el libro de Francisco Leira, en la imagen, en el paseo marítimo de Caranza   | d. alexandre
La editorial Siglo XXI publica el libro de Francisco Leira, en la imagen, en el paseo marítimo de Caranza | d. alexandre

Asegura el ferrolano Francisco Leira respecto de “Soldados de Franco” que “lo bonito de la investigación histórica es que prevalezcan las dudas y las preguntas, más que las certezas”.

¿Cómo surge “Los soldados de Franco”?

Forma parte de mi tesis doctoral, dirigida por Lourenzo Fernández Prieto, Aurora Artiaga Rego y Andrés Domínguez Almansa. En una conversación con Lourenzo Fernández, nos dimos cuenta de que había una pregunta que no había sido respondida por la historiografía española sobre la Guerra Civil: ¿Quiénes eran los miembros del ejército de Franco? A menudo el discurso público del pasado los definía como africanistas, falangistas, carlistas, conservadores o monárquicos. Pero, ¿los soldados? ¿Quiénes eran aquellos individuos que verdaderamente hicieron la guerra? De ellos se pasó de puntillas e incluso se aceptó esa definición. Entonces surgió la idea de estudiar este colectivo, intentar dar respuesta a esa pregunta para que no fuese el discurso público quien invadiese la realidad. Luego surgieron nuevas preguntas y más memorias colectivas, puesto que a medida que investigaba surgían más y más personas que me decían “mi abuelo (o mi padre) estuvo en la guerra. Luchó en el bando sublevado porque le tocó aquí”. Estas memorias familiares, que construyeron una memoria colectiva que el poder franquista silenció y que la democracia no quiso prestar atención, tenían gran parte de veracidad. De ahí el hacer una investigación histórica para salir tanto del discurso público como de la memoria de que fueron a la guerra porque “les tocó aquí”. Así, se demostró que ambos ejércitos, aunque yo me centro en el sublevado, se formaron a través de la recluta forzosa, pero quisimos ir más allá y estudiar la experiencia de guerra. En este sentido, muchas se decantaron porque la guerra provocó que los soldados se fuesen acercando a los postulados franquistas una vez terminada. En Europa se decía que la Primera Guerra Mundial provocó el crecimiento social del nazismo. Este mismo esquema se quiso trasladar aquí, pero la conclusión a la que llegamos es diferente, y es que la guerra provocó un cansancio físico y mental que hizo que la gente se adaptase al nuevo régimen antes de que siguiese la violencia. No obstante, se respetan todas las conclusiones porque pueden ser complementarias. También se estudió la camaradería en el frente, la propaganda, el papel de la religión, la desmovilización militar, la Delegación Nacional de Excombatientes… Es un estudio completo sobre todo lo que envolvió al soldado antes, durante y después de la guerra. Es emocionante cómo de una pregunta tan sencilla se pudo hacer un texto tan extenso y que fuesen surgiendo más incógnitas y que, ya publicado, prevalezcan las dudas y las preguntas, más que las certezas: eso es lo bonito de la investigación histórica. Estas enseñanzas se las debo a mis directores y al grupo Histagra.

¿Cómo fue el proceso de recopilación de la documentación de una obra que se enmarca en el campo de la historia social?

La historia social estaba empezando a ser menos empleada por los historiadores. Cada vez se usaba más la historia cultural e incluso del giro lingüístico. La historia social era la que más podía acercarme a la masa de reclutas a través de personajes que vivieron esa experiencia. Eso sí, siempre acercándome a la historia cultural y su metodología, que es muy útil. Las fuentes principales son las de archivo, ocho militares y cinco civiles. El archivo es el hábitat del historiador. Pero no solo empleé esa documentación. Consulté una treintena de periódicos, semanarios o publicaciones de época; 105 entrevistas orales a excombatientes –40 realizadas por mí y otras por compañeros como mi director de tesis, Andrés Domínguez, uno de los mejores historiadores orales de España–. Para esto, los proyectos “Nomes e Voces” (nomesevoces.net) y terraememoria.usc.gal fueron fundamentales. A esto hay que sumarle las memorias escritas después de la guerra y diarios que se han editado y publicado en los últimos años. Y, por supuesto, todo lo aprendido con las lecturas de cientos de libros y artículos. Hay que estar muy orgulloso de los historiadores que tenemos en Galicia y en España.

¿Qué documentos inéditos presenta?

En general, todo es novedoso (ríe), porque las preguntas que planteé al pasado eran distintas de las realizadas por otros compañeros. Ni mejores ni peores, sino que es lo que ocurre en todas las nuevas investigaciones. Destaco los listados que elaboraba el servicio de información de soldados díscolos, con información sobre su ideología o pertenencia a un partido político. También todo lo relacionado con la vigilancia dentro de las unidades militares. Por ejemplo, una carta del hermano de Franco protestando por la cantidad de servicios secretos que había al comienzo de la guerra, puesto que las milicias tenían el suyo y el ejército también. Asimismo, el informe del Milans del Bosh y del ingeniero Michimbarrena, sobre Gernika. También otro, “La tercera España”, creado por el Servicio de Información del ejército de Franco y que no ha sido estudiado por nadie. Según el servicio de información, había varios miembros que querían buscar una solución pacífica a la guerra, eran miembros de Falange Auténtica, seguidores de Fal Conde y de la FAI. Tiene errores de bulto y fecha, lo que indica que la información puede ser falsa, pero es interesante porque se crea antes de que Madariaga popularice la expresión “Tercera España”.

Habla de reclutamiento forzoso. ¿No había un sentimiento de adhesión claro a los golpistas?

Ambos ejércitos se formaron a través de la recluta forzosa. La sublevada comenzó el 8 de agosto y duró hasta enero de 1939. El ejército resultante tenía a miembros de agrupaciones comunistas, anarquistas, republicanos, monárquicos, conservadores, socialistas, apolíticos, analfabetos. En definitiva, un reflejo de lo que era la sociedad: compleja y plural. Hay varios aspectos que no se pueden obviar, y es que en este proceso muchos se resistieron y huyeron, desconociéndose su paradero. Otros fueron voluntarios en las milicias, como estudió Aurora Artiaga. Hubo quien huyó y por el miedo terminó alistándose más tarde. Pero el grueso de los llamados no opuso resistencia. Esto no quiere decir que todos comulgasen con los indefinidos valores golpistas, sino que existía una amplia casuística. Todo esto no se entiende sin el contexto de extrema violencia, sin la represión que estaba sucediendo en retaguardia. En cuanto al sentimiento de adhesión, hubo grupos que lo tuvieron, pero no fue la mayoría. La gente normalmente no quiere ir a una guerra. Es una experiencia extrema. Un sentimiento compartido por los que estaban más cercanos políticamente al golpe. Los que se guardaron sus ideas y fueron reclutados también, pero con dos motivos (o castigos), serlo y luchar por unos valores en los que no creían y tener que ir a una guerra civil.

¿El conflicto se fue recrudeciendo con el paso del tiempo o nació ya polarizado?

Se dice que la guerra fue inevitable, que existían dos Españas condenadas a enfrentarse. Yo no lo creo. Hubo conflictos sociales, sí, en ocasiones muy duros, pero controlables si todo el parlamento fuese fiel a la República. Lógicamente, el régimen no era perfecto, pero a nivel social sí que se crearon unas reglas y unas redes de solidaridad que procedían de comienzos de siglo, que se pueden equiparar con las de otros países europeos de aquel momento. Incluso teníamos una sociedad civil más seria, alfabetizada y participe de la política que la de muchos países. Fueron las élites militares que dieron el golpe quienes dividieron a la sociedad. Luego, ambos bandos, a través de la propaganda, tenían que justificar sus acciones. Pero nadie en su sano juicio quiere una guerra. Por eso no es de extrañar que a medida de que pasaban los años, aumentaron las ganas de que terminase la guerra. Incluso hubo una lógica de comprensión entre combatientes de ambos bando. Por eso creo que la experiencia de guerra civil fue una experiencia compartida que no generó rencor, sino vergüenza de ser partícipes. El contacto entre trincheras, sucesos tan berlanguianos como los de celebrar un partido de pelota vasca en Guadalajara, lo demuestran. En términos cuantitativos, la deserción simple, que se basaba en no aparecer en la unidad presentándose más tarde porque estaban con sus familias o en un enclave lejos del frente, en el Regimiento Mérida 35, con Estado Mayor aquí en Ferrol, pasó de 140 casos en 1937 a más de 1.000. Pienso que, lejos de dividir, unió aunque el régimen naciente y la posterior dictadura mantuviesen esa división hasta la muerte del dictador.

¿Cree que el modo en el que acabó la dictadura explica que siga habiendo debate sobre lo que pasó?

Sin duda. No entender cómo terminó aquí la dictadura y querer compararnos con Alemania, Italia o Francia es un grave error. En ellos hubo un proceso de desfascistización. Es decir, erradicaron la cultura política fascista. En la escuela les enseñaron que lo que había ocurrido era una vergüenza para el país, y también para las familias que pertenecieron al régimen o a alguno de sus organismos. En España no ha sucedido lo mismo, con la ley de amnistía se tuvo que tragar que no existiese un proceso de desfranquización de las instituciones. Ya no digo de las personas, que en aquel momento era una tarea imposible y pienso que poco deseable si se quería llegar a acuerdos políticos. Pero no hubo una desfranquización del funcionamiento de las instituciones, de la cultura popular, de la sociedad. No hubo una educación en la que se dijese que el franquismo era una dictadura que llegó al poder con un golpe de Estado y una guerra. Hubo tabla rasa para que el pasado, en vez de olvidarlo –hubiera sido mejor–, fuese silenciado, guardado bajo la alfombra. Por eso la cultura y el funcionamiento de muchas instituciones beben de aquel pasado, desde la universidad al tejido empresarial. A nivel social, provocó que personas que no vivieron ese pasado lo reivindiquen como suyo, que se apropien de los símbolos de todos y que no vean la diferencia como una virtud. Yo veo una España con una cultura rica; me puede emocionar Lluís Llach, el “Tratado de Urbanismo” de Ángel González, la música de Sabina y de Sés, la poesía de Machado y Lorca, el grito de desesperanza de Rosalía... Las leyes de memoria histórica no han funcionado porque el Estado no ha creado un relato democrático de nuestro pasado reciente en el que se pueda sentir involucrada toda la sociedad, personas conservadoras, liberales, monárquicas, republicanas, anarquistas, comunistas, socialistas o apolíticas. Como no existe, se genera una lucha por el relato que se convierte en una pelea por ver quién tiene razón y fue más malo en la Guerra Civil, usando el argumento infantil del “y tú más”.

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