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Juan Pueblo, ese incrédulo

Desde pequeños nos han enseñado –o por lo menos nos han dado a entender— que había personas especialmente respetables a las que había que tener casi, casi en un pedestal. Respetables por integridad, rectitud, justicia, moralidad... Nunca les imaginaríamos un desliz o un mal paso en sus virtuosas vidas. A ver, en principio, a nadie se le ocurriría pensar que un juez fuese injusto a propósito, ni que un policía infringiese la ley a propósito, ni que un hombre de Dios pecase a propósito, ni que un político defraudase a sus ciudadanos a propósito, ni que un militar matase a una persona a propósito, ni que un periodista diese una noticia falsa a propósito... No, no, de eso nada. Porque Juan Pueblo tiende –o quizás debería decir “tendía”—  a pensar que esas gentes traen las virtudes de fábrica. Al final, todos esos “virtuosos” tienen un corruptor común, bueno, dos: dinero y poder sobre los demás. El mal no les afecta a todos, faltaría más, pero cuando lo hace, Juan Pueblo, además de quedarse estupefacto, se queda sin referentes y ya no vuelve a creer en nada ni en nadie.

Juan Pueblo, ese incrédulo

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