Opinión Viernes 12 de Marzo de 2010


TORITO GUAPO

PAOLA FEAL

Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo (de toro) espanta las moscas. Y si juega bien sus cartas, logra además desviar la atención de paros, corrupciones e inseguridades hacia debates filosófico-culturales que no solucionan la crisis, pero mantienen al pueblo entretenido y, lo que es más importante, callado.

No hay nada mejor que una buena polémica para ocupar los espacios de pensamiento libre de los ciudadanos, que, bien guiados, responden obedientes a lo que se espera de ellos y durante el tiempo que dé de sí el guión, siguen con pasión cada capítulo, centrando toda su atención en la historia. En esta se combinan la tradición, la afición, la muerte y la amenaza (o la esperanza, según se mire) de la prohibición. Ingredientes que, aunque de sobra conocidos, deberían ser suficientes para un buen espectáculo.

Pero hay que elegir muy bien a los artistas invitados al show, porque se corre el riesgo de que junto a los previsibles defensores de la fiesta nacional como parte de la idiosincrasia del español de pro, y los inocentes amantes de todo bicho viviente que prácticamente proponen invitar a cenar a las vacas antes de ordeñarlas, se cuele alguno más peligroso, que con tanta espiritualidad y armonía con la naturaleza se haya dejado el sentido común a la sombra de un bonsai y equipare sin pestañear una estocada con la ablación o la faena con la violencia machista. Lástima que yo sí tenga dos dedos de frente, piensas, porque si no, te iba a enseñar la diferencia entre un toro bravo y una mujer ofendida. Con el morlaco tendrías alguna oportunidad. Descerebrado.

El caso es que con la intervención de este iluminado, la seriedad del juicio sumarísimo a las corridas empieza a flaquear, mientras que al olor de la publicidad se suman a la verbena chulapas y falleras, que de festejos saben un rato, y se apuntan un tanto sin despeinarse. Rápido y eficaz. Sin discursos, reflexiones y votaciones políticamente correctas. Los toros, Bien de Interés Cultural. Porque ellas lo valen. Y se llevan los olés de su público con un pase de pecho que, de paso, deja con la boca abierta a los impulsores de esta controversia artificial, que ven casi derrotados cómo les desmontan la maniobra de distracción popular.

Ha sido un buen intento, y no sería de extrañar que se repitiese. La idea, como evasión de los problemas reales, no está mal. Pero me temo que habrá que hilar un poco más fino con el tema. Algo me dice que si cambiamos plazas por estadios y astados por jugadores, captaremos más interés. Al fin y al cabo, el fútbol también despierta filias y fobias, hay más de un animal en los terrenos de juego y para disfrutar de una buena tarde hay que soportar muchas malas. Puestos a argumentar...

 

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