• Domingo, 24 de Septiembre de 2017

Sin precedentes

Al presidente Puigdemont le ha parecido una “barbaridad impropia de una democracia” el que la Fiscalía General del Estado haya remitido una instrucción

Al presidente Puigdemont le ha parecido una “barbaridad impropia de una democracia” el que la Fiscalía General del Estado haya remitido una instrucción a los fiscales jefe provinciales para que abran diligencias contra todos los Consistorios que cederán locales para el ilegal referéndum del 1 de octubre y se cite a sus respectivos alcaldes como investigados, con la advertencia que pueden ser detenidos si no comparecen. 
No obstante y antes que echarse las manos a la cabeza,  lo que el Molt Honorable Senyor (¿?) debería hacer es salir de su autismo político, practicar una elemental autocrítica y pararse a reflexionar un momento sobre la gravedad del desafío sin precedentes que ha planteado y que por ser impropio de una democracia y de la legalidad constitucional ha obligado al Gobierno de la nación a tomar medidas de tal naturaleza. Esta, no pequeña, por la vía penal (712 alcaldes imputados sobre un total de 947; el 75 por ciento de los mismos) y otras, a través del TC. La reacción resulta consecuencia proporcional de la causa. Y lo que vendrá. Porque cada día de los que faltan para el fatídico 1-O será pródigo en novedades.
Y es que, en efecto, se trata de un desafío sin precedentes al Estado. No hay que ser gran experto en la reciente historia del constitucionalismo español para concluir que el reto de la Generalidad catalana tiene una diferencia esencial con intentonas anteriores. Nunca hasta ahora se había pretendido crear un Estado nuevo y menos, una República escindida de un sistema parlamentario y democrático. 
Como bien se sabe, aprovechando la proclamación de la República (14.04.1931) Francesc Macià proclamó desde el balcón del Palau de Sant Jaume la República catalana “integrada en las Federación de Repúblicas Ibéricas”, y poco después Lluis Companys (6.10.1934), nuevo presidente de la Generalidad proclamó el Estado catalán “dentro de la República Federal Española”. 
Ahora, Puigdemont y su ceguera política suicida –se ha escrito- han repetido la historia y llegado más lejos que sus precedentes. Una independencia sí porque sí; sin un solo derecho histórico a que aferrarse; sin un solo apoyo internacional que  poder presentar; sin un solo intento de reforma constitucional que la hiciera posible; inventándose una supuesta legitimidad del Parlamento autonómico para dar cobertura de legalidad al proceso; atropellando a la oposición en unas deplorables jornadas parlamentarias de las que hoy hasta no pocos dirigentes soberanistas están arrepentidos. ¿Dónde se desarrolla, pues, la barbaridad impropia de una democracia que denuncia el más bien poco honorable señor presidente de la máxima institución catalana? 
A pesar de los muchos aplausos que se autodedican, peor no lo han podido hacer. Los secesionistas han cumplido en cada momento las peores hipótesis y han hecho todo lo que buenistas, biempensantes, terceristas, trasversales y equidistantes daban por inviable o por descartado. Ahora ya no queda más opción que aceptar el reto y ganarlo. Y ganarlo con meridiana claridad.