• Viernes, 20 de Octubre de 2017

El verano “catalán”

Hay cuestiones que uno debería tomar con humor, con ironía más bien, si no fuera porque el sentido común aconseja “poca broma” como dice un anuncio publicitario.

Hay cuestiones que uno debería tomar con humor, con ironía más bien, si no fuera porque el sentido común aconseja “poca broma” como dice un anuncio publicitario. El verano siempre llegaba con los calores de junio. Desde hace años llega con la devastadora plaga de los incendios, que son el pan y la sal de los telediarios y alimentan páginas de prensa huérfanas de fútbol. Pero en este verano de 2017 no hay duda: buena parte de los catalanes han decidido darnos la tabarra mañana, tarde y noche, hasta la extenuación, con su derecho a decidir, con esa fiebre intermitente de independencia que les aqueja “cuando toca” y que nos amarga la canícula con pertinacia inmisericorde, con muchas medias verdades y no menos mentiras, con manifiesto complejo de superioridad y desprecio absoluto por las leyes que todos hemos de respetar, pues las hemos votado. Tal parece que Cataluña es, exclusivamente, su propiedad privada, sin que ni España ni los españoles “que nos roban” tengamos pito que tocar. Claro que tal exigencia es cosa fácil, teniendo lo mucho que tienen (no todo ganado por ellos, ciertamente) frente a comunidades autónomas con niveles de economía y bienestar muy inferiores. Así, desde situaciones privilegiadas, puede pedirse la luna.
La verdad es que ya está bien y que los “medios” podrían informar sin darle a la cuestión tanto protagonismo. De señoritos y belicosos antisistema tenemos el cupo bien cubierto. La buena gente que disfruta de unos días de imprescindible descanso no tiene por qué aguantar este esperpéntico desfile de figurones que apuestan por la disgregación, por la fragmentación de España de la que se les ha ocurrido “desconectar” como si de un vulgar electrodoméstico se tratase.
¿Por qué no se dedican a leer un poco, ellos que tantos y tan buenos libros editan? ¿Por qué no practican el turismo de riesgo? ¿No les iría bien un “tour” por Malasia o Filipinas? ¿Para cuándo una campaña de fomento de la sardana o de la popularísima butifarra? ¿Y la promoción del lago de Bañolas, todo él repleto de agua catalana, ca-ta-la-na, qué? No sigo dando ideas no vayamos a liarla más parda de lo que está.
De todas formas, la solución a la “catalanada” es inminente. Uno de los cerebros socialistas (sector sanchista o baloncestístico) ha sentenciado que hay que efectuar una “quita” de la deuda catalana (sesenta mil millones del ala, un quítame allá esas pajas) que el resto de los españoles debemos asumir, solidarios y generosos con el pueblo catalán, más concretamente con sus actuales gobernantes. Yo, respetado lector, me atrevería a sugerir que contigo y conmigo se hiciera algo parecido y un buen día el amable banco de turno nos “quitase” o condonase ―esto es: pagase a toca teja― nuestras deudas que arrastramos sin tregua, año tras año, hasta divisar la jubilación. También las demás comunidades podrían, ¡y querrían!, ponerse a la cola del chollo de la “quita”. Porque, además de Cataluña, en España hay otras comunidades con los mismos derechos. Ya se sabe, no hay país perfecto. Para acabar, una adivinanza madrileña: ¿Quién inventó el alambre? Dos catalanes tirando de un duro”. A lo mejor, mire usted, por ahí va la cosa. No sería la primera vez.