• Martes, 26 de Septiembre de 2017

Sobre la integración europea

Europa, la civilización de la libertad y la solidaridad, apuntalada sobre el derecho romano, el pensamiento griego y la religión cristiana pierde a borbotones sus señas de identidad.

Europa, la civilización de la libertad y la solidaridad, apuntalada sobre el derecho romano, el pensamiento griego y la religión cristiana pierde a borbotones sus señas de identidad. El Estado de Derecho basado sobre el principio de legalidad, la separación de poderes y el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona se tambalea mientras aparece un nuevo autoritarismo soft que amenaza el bienestar integral de las mayorías a manos de minorías que aliadas con determinados poderes económicos y mediáticos intentan imponer un pensamiento único que no duda, en nombre de las nuevas doctrinas de la modernidad, expulsar del espacio de la deliberación pública todo lo que no se arrodille ante sus dictados.
Europa está vacía, hueca por dentro. Renuncia a sus valores y busca desesperadamente en el dinero, en el poder o en la notoriedad su nueva tarjeta de presentación. Como señaló en 2001 el entonces cardenal Ratzinger, una de las mentes más preclaras de este tiempo, Europa parece paralizada por una mortal crisis circulatoria, forzada a someterse a trasplantes que anulan su identidad. Trasplantes de vienen de la mística asiática, de la América precolombina, del Islam, de la xenofobia, del neomarxismo en forman de populismo de izquierdas  o de los nuevos materialismos que hacen de la persona un objeto de usar y tirar. En este contexto de crisis  moral que atraviesa  el viejo continente de uno a otro confín, no está de más recordar que Adenauer, Schuman o De Gasperi pensaban que el fundamento de la integración europea se encontraba en la impronta cristiana presente   el solar europeo durante bastantes siglos. 
El tiempo demostró que estas ideologías fracasaron. Hoy, quizás de manera más imperceptible, resulta que la nueva ideología, la exaltación de la racionalidad técnica y económica, poco a poco va minando los rasgos morales de una civilización que encontraba en la centralidad de la persona y sus derechos inalienables el sentido y su fundamento mismo. Mientras tanto, seguimos basando la integración europea única y exclusivamente en el elemento económico, olvidando la gran cuestión: los pilares espirituales propios de la comunidad europea. Hay tenemos  ante nosotros el drama de los refugiados que la Unión Europea pretende resolver a golpe de talonario. Así nos va.