• Domingo, 04 de Diciembre de 2016

Alguien que me quiere mucho, pese a que cuando se lo pregunto jamás contesta, me ha regalado un hermoso ramo de flores.

Alguien que me quiere mucho, pese a que cuando se lo pregunto jamás contesta, me ha regalado un hermoso ramo de flores. Un manojo artísticamente dispuesto donde se ve la mano de mi buena amiga Maruja, que atiende un acreditado puesto en el mercado municipal Eusebio da Guarda. Un ramo de flores en cualquier hogar urbano constituye oasis de alegría y esperanza. Entre ajuar doméstico, ropas, muebles y demás enseres equivale a una síntesis del desierto donde desarrollamos la vida. Donde pisamos las arenas del mundo para encontrarnos. Cierto que muchas veces la flor ha sido  pisoteada al igual que Rabindranath Tagore explicaba: “He perdido mi gotita de rocío”, dice la flor al cielo del amanecer, que ha perdido todas sus estrellas”.
Vivimos tan aferrados a nuestras comodidades, buenos ratos e instantes mundanos que con los agresivos anticaspistas de cloacas callejeras creemos haber conquistado el cielo, cuando esos antisistema solo saben inocular odio a quienes no piensan como ellos. Puño cerradito para enaltecer a los genocidas más crueles de la historia y maldecir a los viejos liberales demócratas, que saludaban el amanecer victorioso de sangre, sudor y lágrimas sufridos por recuperar las libertades.
Cierto que el coruñés se adapta a todas las contrariedades. Sin embargo, critica a su corporación local que ha permitido que se maltrate nuestra naturaleza explosiva ante el cemento urbano que pretende ahogarla. Esa perfumada Rosaleda, olvidada y con fétido olor, que rivaliza con unos magníficos jardines de Méndez Núñez, escondidas tras la demora habitual de no hacer nada por evitarlo; mientras acá, en el paseo por estos parques, radica el amor vecinal por la naturaleza. Un lirismo que se hace carne viva de sentimientos. Debate cotidiano de brisas, canciones, encuentros y anhelos apasionados tras la añoranza de aquellos famosos jardines colgantes de Babilonia…