• Miércoles, 28 de Septiembre de 2016

La última función

Estamos agotando los últimos días de un caluroso verano que un servidor aprovechó para leer un poco.
 

Estamos agotando los últimos días de un caluroso verano que un servidor aprovechó para leer un poco. Un gran amigo y su mujer –de Castellón y de recorrido por Galicia– me visitaron y me regalaron algunos libros, entre ellos uno muy sugerente  (“¿Y los pobres sufren lo que deben?”) de Yanis Varoufakis.   
El ex ministro Finanzas de Grecia (enero-julio de 2015), que presentó su dimisión por no estar de acuerdo con su primer ministro, Alexis Psipras, cuándo éste rindió la plaza a las “tropas” de Merkel, nos cuenta cosas interesantes. Habla del pasado y del futuro del proyecto europeo, hace hincapié en la lucha silenciosa que mantuvo Francia desde los tiempos de De Gaulle para estrangular a Alemania. Varoufakis, contra lo que uno pudiera pensar, sobre todo después del pulso que le echó a Merkel, no escatima elogios para los alemanes, sin embargo, en sus comentarios se percibe una gran desconfianza hacia los gabachos, dando a entender que no son de fiar.
El libro no tiene desperdicio. Hace un amplio recorrido por los orígenes de la UE, aborda el fracaso del euro y concluye que sin un “plan-b” el proyecto europeo está muerto. También explica –muy pedagógicamente– cómo la deuda de los bancos fue convertida en pública, la manera en que el BCE, haciendo uso de un artificio financiero, permitió a los bancos quebrados emitir pagarés, que más tarde fueron avalados por los ministros de finanzas de sus respectivos países para ser depositados en el BCE a cambio de dinero fresco. En realidad, hace una disección de como la deuda privada la convirtieron –en un acto de prestidigitación financiera y tomándole el pelo a la parroquia– en pública los mandamases europeos, trasladándola a todos nosotros. 
Varoufakis nos presenta una radiografía política y económica de la UE, una especie de memorándum de lo que ocurrió en su seno, de las luchas intestinas, de las rivalidades y de las puñaladas políticas envueltas en sonrisas. 
En suma, nos viene a decir que con semejante “cuadro” la idea de refundar  la UE no es un calentón neuronal del momento, sino que –para salvarla– es una necesidad. Sin duda, el griego tiene razón. Aunque con las actuales estructuras europeas y los intereses que giran alrededor de ellas, hacen que ese objetivo sea prácticamente imposible de realizar.
No nos engañemos, de aquella idea romántica de una Europa unida, democrática, transparente y justa ya no queda nada; la que tenemos ahora se convirtió –la convirtieron–  en un apéndice balcanizado de las transnacionales. Las divisiones son cada día más evidentes e intensas, además, sus élites políticas están literalmente bajo estado de pánico, empezando por Merkel. Y eso no es especular, lo demuestra la última pantomima que montaron en Bratislava; hasta el primer ministro italiano se negó a participar en la declaración final, puesto que no le vio ningún sentido. 
El proceso de descomposición parece irreversible, es decir, que la parálisis va a continuar, la cual generará más desencuentros y divisiones. 
Las señales son claras: la UE avanza –cada vez más  rápido– hacia su final. En estos tiempos los cambios, para bien o para mal, ocurren a gran velocidad. La historia –al igual que la tecnología– se acelera. 
Es curioso que sólo los partidos derechistas, básicamente los de extrema derecha, y algunos –aunque no todos– de la llamada izquierda “radical” sean los únicos que critican lo que está ocurriendo. Los de la izquierda oficial, los social liberales, que son los ex socialdemócratas, han sucumbido al dinero, se han dejado comprar y en muchos casos corromper. No en vano se niegan a cambiar nada, pues son fervientes partidarios del actual modelo, incluso apoyan  el TTIP; una curiosa manera de defender los intereses de los trabajadores y de las clases medias.
Son muchos los politólogos y economistas que aseguran que el proyecto europeo está  muerto, que es cuestión de tiempo –y no mucho–  para que se desenganchen de él otros países, lo que provocará la implosión definitiva de la UE; las alarmas están sonando.
Así que, lo único que nos queda es sentarnos a ver la función. Como en el teatro.