• Viernes, 17 de Noviembre de 2017

NUNCA HUBO HORIZONTE

Repican las campanas de una cercana iglesia como golpes bruscos de azada incrustándose en tierra de barbecho. Ni el ruido de un motor de coche que pasa logra acallar tanto insustancial artificio. Miro la muralla. La eterna y doliente frontera encubridora del recuerdo de unas malditas balas que, cumplidoras de burdas sentencias, segaron vidas inocentes. Como la de Manuel Barreiro Rey, ocurrida un 14 de abril de 1939.

Repican las campanas de una cercana iglesia como golpes bruscos de azada incrustándose en tierra de barbecho. Ni el ruido de un motor de coche que pasa logra acallar tanto insustancial artificio. Miro la muralla. La eterna y doliente frontera encubridora del recuerdo de unas malditas balas que, cumplidoras de burdas sentencias, segaron vidas inocentes. Como la de Manuel Barreiro Rey, ocurrida un 14 de abril de 1939. Su delito: la lealtad a la bandera de una República ganada en urnas con votos del pueblo. Apuro el último sorbo de la copa de vino y deshago el camino regresando a la casa.

La noche hace un rato que expandió sus negruras por las inhóspitas calles de este pueblo que a zarpazos de ociosidad lo van convirtiendo en un cementerio. Se vende, se alquila. Por doquier surge, pegada en cristales, la publicidad que muestra la decadencia de un lugar que renunció a divisar el horizonte.