• Sábado, 24 de Septiembre de 2016

No nos gobernéis

Dejadnos tranquilos, que las aguas sigan su curso.

Dejadnos tranquilos, que las aguas sigan su curso. Seguid con vuestra representación tan insensata como gratificante para la salud democrática de este país. No hay gobierno, es cierto, o en realidad está en funciones, amputado de su ímpetu e inercia, pero también de su hemorragia legislativa y adictiva de decretos leyes que luego se convalidan en el Parlamento. Cansancio legislativo tras doce meses de apatía y abulia silenciosa, salvo las pataletas diletantes de dos investiduras fallidas. Momento álgido de la gran obra teatral.
Dejadnos así, incluso la afrenta y el órdago catalán se ralentiza. Sin gobierno, sin contrapartida los engranajes chirrían. Falta el aceite generoso y la demagogia barata y facilona de no hacer nada. Hasta Mas resucita en sus paseos tribunalicios entre atribulado y mesiánico, jugando su farsa impenitente. Dejadnos así que las cifras económicas no nos sonrojan a pesar que la deuda se desboca y supera la barrera de los 100 puntos porcentuales. Un hito histórico del que nadie saca pecho ni menos trasluce, como esos ya 26.300 millones perdidos de rescates sobre papel y tiralíneas que se pierden en la nebulosa de la amnesia voluntaria.
Cuando David Held nos regaló su extraordinario ensayo “Modelos de democracia”, y describió con la precisión del cirujano artista del bisturí de las palabras la teoría hasta once modelos de democracia, ignoró sin embargo uno, el español reciente, la democracia sin gobierno pero con resultados. La democracia a pesar de la incompetencia manifiesta y voluntaria de sus actores. La democracia vibrante a pesar del teatrillo y la bambalina. La democracia viva a pesar de las cadenas de una ignota y falsa regeneración. La democracia que resiste pese a las veleidades de sus protagonistas principales porque el anfiteatro y el patio de butacas está repleta de espectadores electores que saben lo que es y el valor que atesora.
No os empeñéis en endilgar culpas ajenas ni enhebrar discursos vacuos y de pésima retórica. Todo es una falacia atropellada de ineptitud y cinismo. No hay voluntad ni tesón, dignidad y arrojo para tener un proyecto cierto de país, regeneracionista y no falsamente costumbrista y maniqueo, un proyecto que nos permita saltar de tantos complejos y falsedades, de construir y sumar, de cambiar y moldear.
La mediocridad nos ahoga. La hojarasca, nos devora. No es una percepción, tampoco una sensación. Es una realidad, una constatación. Hastío y desencanto. En un momento donde la recuperación es un hecho, pero su intensidad sigue siendo débil. En un momento de un ciclo electoral donde lo nuevo y lo viejo conviven y donde las propuestas apenas existen. Cada vez la sociedad, las personas, están más desencantados con una España de porcelana. La gran metáfora, pero la metáfora del simulacro. La de la decepción, la que exige regeneración, rehabilitación de la Política, el edificio de todos. Nos ahoga la corrupción. No hay una causa general contra la misma sino una sociedad que acepta generalizadamente la corrupción. ¿Qué fue de la virtud pública?, ¿de la ejemplaridad? ¿de la crítica, del servicio, del recto obrar público?