Opinión
Miércoles 14
de Mayo de 2008
MUERTES ANUNCIADAS
LA VENTANA DAVID RAMOS CASTRO (*)
El día en que lo iban a matar Así comienza la conocida crónica de García Márquez sobre la muerte anunciada de Santiago Nasar. Con ese inicio se originan dos tipos de dificultad bastante distintos. Por un lado, una dificultad de tipo narrativo que lleva al novelista al esfuerzo por mantener la atención en una historia que comienza revelando su final. Por otro lado, la dificultad de tipo existencial que obliga al lector a probar su resistencia moral atravesando páginas en las que se mantiene la angustia por quien sabemos que va a morir; porque, de hecho, ya estaba muerto. El juego entre una muerte futura, que el oyente vive como si fuese una suceso del pasado, instala el relato en la dialéctica misma que mantiene la vida en sus relaciones con la muerte y con la dignidad. Pues, no sólo en muerte segura se resuelve nuestra existencia, sino también y, sobre todo, en una lucha constante por amueblar y conservar limpias las estancias de la libertad.
La población de la antigua Birmania ha visto destruida esas estancias por dos furiosos zarpazos; uno venido del incontrolable delirio del cielo, otro llegado de la inagotable miseria de los hombres. Desde el cuatro de mayo, las zonas más afectadas por el huracán en Myanmar, esperan, indefensas, el segundo ataque de la muerte entre los cascajos de su vida. El gobierno militar ha ajustado la expectación a los rigores del crimen. Se prohíbe la ayuda en los términos habituales, no se garantiza su reparto entre las víctimas y se apropia la autoría de los bienes enviados. En estos términos, la escasa libertad con la que ha contado la población hasta la fecha -toda de la que se puede disponer en una jefatura militar-, se ve definitivamente aniquilada por una situación que desobedece el primer requisito de una libertad bien fundada: garantizar la vida de los que desean seguir viviendo.
No supongo, en ningún caso, que la vida sea un sustrato que pueda prorrogarse indefinidamente. Ni siquiera deseo transmitir la idea de que la vida deba ser algo controlado o un bien que debamos mantener a cualquier precio, a pesar del dolor que acarree. No me alegra el suicidio, pero debo aceptarlo. Como voluntad individual intransferible, que mañana pudiera ser la mía, debo renunciar a su condena. Sin embargo, lo que no puedo aceptar ni aceptaré jamás es el suicidio como solución comunitaria. En esos casos, el suicidio no suele ser más que una estrategia propuesta por el asesinato, una falsa muerte voluntaria que respeta, paradójicamente, la propia vida de los asesinos. Los casos de heroísmo suicida, de hecho, han consistido más en una desesperada evasión de los tormentos que infligiría el enemigo antes de proporcionar una muerte segura, que al meditado pundonor que ha querido construir la historia partiendo de esos amargos acontecimientos.
En virtud de lo dicho hasta aquí, se puede comprobar inmediatamente que lo que está sucediendo en Myanmar no escapa a todo lo imaginable, pues responde a una propuesta más del caprichoso arbitrio del poder, pero sí supera todo lo tolerable. A los más de 28.000 muertos por el ciclón, cifra en aumento constante, se suman los cientos de muertos más que podrían llegar por las epidemias desatadas. ¿Qué puede hacer ante esto la comunidad internacional? Además de la ayuda humanitaria, está claro que la ONU debiera plantear otras medidas que incluyesen una fuerte autocrítica a sus países miembros. El silencio clamoroso de algunos de ellos -que guerrean en terrenos más rentables- y la generalizada tibieza con la que el resto están sobrellevando este escándalo, no es sino motivo de otro escándalo más que nos alude a todos desde hace mucho, a saber, que la ONU es un órgano moribundo que no funciona.
Resulta increíble que ante situaciones como éstas, la única atención que se convoque sea la que reclaman los medios de comunicación. Del resto, ¿dónde están las manifestaciones globales? ¿Dónde los análisis constantes? ¿Dónde los intelectuales de ahora? ¿Y la población civil? Parece que el silencio sigue siendo el verdadero best seller de mi generación, más propensa a leer mañana en los diarios - el día en que los iban a dejar morir- que a gritar, golpear, escribir, llorar, o a hacer todo lo que sea preciso para aclarar que, a diferencia de la novela de Márquez, los muertos anunciados para mañana, todavía no están muertos hoy.
(*) DAVID RAMOS CASTRO ES PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN VIRUS HERMENÉUTICO
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