• Sábado, 03 de Diciembre de 2016

Andrés en Palacio

Hace siglos que no alterno con Andrés Suárez. Aquel muchacho que venía hacia mí en el Comercial, de la Glorieta de Bilbao, con su primer disco en la mano. El Comercial; donde yo iba entrevistando a ferrolanos

Andrés en Palacio
Andrés Suárez, en una imagen de archivo de un concierto en Ferrol en 2015
Andrés Suárez, en una imagen de archivo de un concierto en Ferrol en 2015

Hace siglos que no alterno con Andrés Suárez. Aquel muchacho que venía hacia mí en el Comercial, de la Glorieta de Bilbao, con su primer disco en la mano. El Comercial; donde yo iba entrevistando a ferrolanos de la diáspora; el primero, inaugurando género, Fernando Vivanco (un día se nos murió, y de esto ya hace unos años, y a mí me sigue dando mucha rabia y mucha tristeza).
Los entrevistaba, a los ferrolanos, digo, para DIARIO DE FERROL, ¿para quién si no?, y me daban mucho juego, porque aquí, se lo he dicho mil veces a mis alumnos, no solo vemos crecer la hierba, sino que además la oímos y –por si ello no bastase– cantamos con ella, especialmente cuando la blanquea el orballo. Entonces. Y venía Andrés con aquel disco primero, que no primerizo, con aquella canción hermosa con hermoso nombre de mujer: Diana. Y me contaba Andrés, con desparpajo, con ganas de comerse el mundo, que lo suyo era cantar, hacer música, que no conocía ni entendía otra manera de querer, ni de vivir. Que se había venido a Madrid, luego de quemar sus naves, todas menos una, varada en Pantín, porque siempre hay que dejar algo en el camino, algo que nos sirva como aquellas migas de pan de Hansel y Gretel, pero sin pájaros (pajarracos, más bien) que se las coman. O naves, en fin, como aquella que yo también dejé, junto a la estación de Neda, a la que me encomiendo todas las noches.
Lo cual que no sé a qué santos o dioses (o santas o diosas) va rezando Andrés Suárez pero lo cierto es que este ferrolano (de 1983), que siempre está volviendo a su casa, de Pantín, residente en tiempos en la Carretera Alta del Puerto y alumno, de Xaime Bello, entre otros, en el IES Ferrol Vello, por debajo del Parque, con el estrambote de los pavos reales a los poemas de amor de las parejas vespertinas, anda ya por senderos muy altos.
Andrés que de Ferrol pasa a Santiago, donde se estrena como cantautor, lo que sigue y seguirá siendo, porque esto imprima carácter.Y de Santiago Andrés salta a Madrid, donde irá escribiendo su propio libro o msnual de cantautor emergente. De “busker” o cantante de metro a Libertad, 8; ese lugar donde tantos sueños se han roto y tantos otros han estallado en vuelo vertical. Que lleva a Andrés a Galileo Galilei, momentos –pienso– cuando aparece ante mí en el Comercial, ahora sí que a punto de reabrirse en forma yo no sé de qué pero nunca, ya no, ay de lo mismo (aquel viejo café machadiano donde yo entrevistaba a Fernando Vivanco, Javier Gutiérrez, Rosa Cal, Maruxa Orjales, Juan Luis Beceiro, Carlos Dapena y demás ferrolanos trasterrados).
Y a Galileo fui a ver a Andrés llenando el local, amplio, como cine de barrio, de arte y ensayo, cinde de aquellos bodrios del quiero y no puedo del “destape”, antes de reciclarse en sala de conciertos. Y allí empecé a entender el poderío de Andrés, sobre todo en cuanto a las muchachas, en flor aún o más que florecidas.
Pero tenía que venir La Riviera, otro viejo baile orillas del Manzanares, donde antaño iban a bailar los menestrales con olor intenso a Varón Dandy, ellos, y a Visnú, ellas. Solo que cuando Andrés tomaba La Riviera, Dylan ya había hecho allí su concierto “unplugged”. Y ya el siguiente paso, con Andrés “panzer”, Andrés, tesonero, tenía que llegar. Y alla fuimos sus fans, reciente, recién salido del horno su disco Moraima, a Vista Alegre, en tiempos plaza de toros (de los Dominguín, últimamente) hoy especie de palacio multiusos. Y era llegar a los Carabancheles y ver todo aquel despliegue; policía municipal, Samur, seguratas controlando las entradas y –sobre todo– aquel despliegue tremendo de muchachas que, una vez dentro, cantaban, de memoria o corazón, todo lo mismo, dependiendo del idioma, las canciones de Andrés Suárez, en estado místico, de comunión, por tanto, como si quisieran ahorrarle a su ídolo el trabajo. Y este, ya se entiende, feliz. Y de aquí no sé si a la eternidad pero al Palacio de los Deportes, de Felipe II, donde estuvo la plaza de toros anterior a las Ventas; la más vieja, todavía, cabe la Puerta de Alcalá. Y era el 4 de noviembre, marcando en el calendario una fecha decisiva para Andrés.
Que llenó el Palacio, Andrés en Palacio, por lo tanto, el mismo donde vi a Dylan en 2015, y a Paul Mc Cartney en 1989, y antes –todavía, pero cuando el sonido retumbaba de más– a Dylan, de nuevo, en junio de 1989 y –también– diez años más tarde.
Es decir, que ases del baloncesto aparte, o cracks del ilusionismo, como David Copperfield, que también actuó en tan regio lugar Andrés Suárez vino a pisar ese escenario donde van los “bound to glory”, por decirlo con palabra de Woody Guthrie, otro que nació para ella, por más que las circunstancias lo llevasen a aquel hospital de New Jersey, víctima del “corea de Huttington”, vulgo, “Baile de San Vito”.
Y ante un público ya entregado de entrada Andrés Suárez, quien tiene un directo fabuloso, con músicos de antología, y un violinista mágico, enciende aun más al auditorio con palabras ardientes, ya sea para hablar de Pantín, de sus padres –entre el público– o para exaltar a sus abuelos en esa canción intensa (y bellísima) que se llama “Rosa y Manuel”.
Que las muchachas en flor bien conocen y cantan con voces como rosas blancas (y bien entonadas). Lo mismo hacen con “Vuelve”, ahí el delirio, o –es mi canción preferida de Andrés– con “Necesitaba un vals para olvidarte”.
Y de pronto Andrés nos cuenta que la canción, ajena, que más veces ha cantado en su vida, y escuchado (en el coche de su padre, vía cassette) es “Lucía”, de Serrat. Una canción que incluso le ha servido de introducción amorosa para un acto de supervivencia (sentimental) en la playa de As Catedrais. Y se oye un griterio y está entrando en el escenario Joan Manuel Serrat, y el “Noi del Poble Sec”, con voz antigua, que no vieja, y su trémolo característico, armoniza con Andrés esa canción de amor, de las más bellas de todos los tiempos. Y ahora sí, el Palacio se viene abajo, y Andrés Suárez confirma la alternativa que le diera Víctor Manuel hace tres años en Vista Alegre, y la vida sigue y este ferrolano de la Carretera Alta del Puerto está ya en lo más alto. Y yo sé que por trabajador y tenaz y sensible.
Y –sobre todo- porque tiene algo (mucho) que cantar, y ganas de hacerlo y sabe cómo, el mundo es suyo. El mundo, como aquella naranja del poeta ruso Esenin, cuyos gajos pedían a quien tuviese sed (y hambre): cómedme.
Así Andrés Suárez. Un ferrolano camino de la gloria. La que le lloraba mi querida Laurita Manzano, que en el “aprés” concierto llegó hasta Andrés, y no le salían palabras, y el ferrolano la abrazaba y le decía que todo bien, que así es la vida. O algo así.